El Espíritu abre caminos

No es fácil encontrar matrimonios de menos de 50 entusiasmados por seguir a Jesús en pareja, y desde un carisma que les da cancha, fortaleza, asertividad, apoyo.

Cuando Kika se puso en contacto con nosotras “supimos” que algo se estaba iniciando en España, en un momento no fácil para los creyentes.

Nosotras, como hemos compartido en otras ocasiones, descubrimos SFCC online.  Fue un momento de revivir un pequeño Pentecostés cuando poco a poco se nos abrían puertas y se nos caían de golpe, condicionamientos canónicos. Una comunidad ecuménica fundada por una mujer religiosa oyente en las sesiones del Concilio. Las primeras fueron mujeres, algunas todavía viven, que supieron transmitir en sus textos, una libertad total para que la persona siguiera el Evangelio con madurez y sin seguir a grandes fundadores. Sólo estos últimos meses hemos visto caerse a fundadores de comunidades punteras postconciliares: en todas, un mismo veneno, el abuso.

Qué gran libertad la del Espíritu que abre caminos y empuja desde atrás para que el camino sea menos difícil, para que cada persona como individuo y en comunidad, crezca y colabore desde sus dones y carismas propios en la construcción del Reino.

Aquí os dejo con Kika y Juanjo. Un matrimonio y dos testimonios. Les agradecemos profundamente su experiencia y su presencia en SFCC.

Mi camino en SFCC

Como dice el salmista “Los caminos de Dios son inescrutables”.

Y esos caminos pueden ser la lectura de un artículo en una web. Es lo que me ocurrió el pasado mes de septiembre. El artículo se titulaba “Del silencio habitado… a los caminos”, en él, Magdalena explicaba quién era Lillana Kopp y el movimiento  SFCC (Sisters  For Christian Community- Hermanas Para la Comunidad Cristiana)  por ella fundado. Me caló hondo e hice algo inusual: me puse en contacto con Carmen y Magda para expresarles mi sintonía y… ese fue el primer paso de un camino inescrutable… pero que no recorro sola, me acompañan mi marido y un maravilloso grupo de Inquirers (personas que hacen  el proceso de conocer la comunidad), siempre bajo la atenta mirada de nuestras hermanas Magdalena y Carmen.

El carisma, el perfil SFCC, me resultaba muy atractivo. Me sentía reconocida en esas mujeres valientes, rompedoras, inquietas, empoderadas por la Ruah, místicas, activas, actuales, abiertas, ecuménicas… Pero lo que más me llamó la atención de SFCC fue que está abierto a matrimonios. No es un movimiento exclusivamente para religiosos/as. Esto era toda una novedad. Me sentía invitada, podía tener mi lugar, “a pesar de” mi condición de casada, podía profesar los votos de Escucha, Amor incondicional y Servicio, adaptados a mi estado.

SFCC es toda una revolución, que nuestro mundo actual necesita urgentemente. Pone fin a un proceso personal y en pareja, de quejas, malestar, decepciones, sumisiones a unas estructuras eclesiales patriarcales e inmovilistas. Es tiempo de la Ruah, de la frescura, de la simplicidad, de abrir surcos paralelos, crear islas verdes, refugios seguros…

¿Cómo se hace esto? ¿Cómo vivo mi estado de casada, dentro de SFCC?

Da vértigo pensar que los miembros de SFCC no tienen la seguridad de unas “normas o estatutos” que dicen a cada uno lo que tiene que hacer… o que SFCC no es como otras comunidades o grupos dónde una se siente calentita participando en las múltiples actividades, celebraciones, reuniones que se le ofrecen.

No. SFCC son odres nuevos, para un vino nuevo.

En SFCC tengo que vivir empoderada. En total apertura a la Ruah que es la que me susurra, empuja… para que sea fiel al carisma de SFCC, y viva la escucha, el amor y el servicio en mi familia (hijos, pareja, sobrinos, hermanos..) y en los círculos en los que me muevo.

Pero también siento que debo traspasar estos círculos cercanos de familia y amigos y dar a conocer la misión de SFCC “Que todos sean uno” a todo el mundo.

Kika Bonet

MI EXPERIENCIA DE PAREJA EN SFCC

Cuando yo comencé mi camino de pareja con Kika, supe que teníamos un proyecto de vida en común cuyo fundamento era la fe, el deseo de crecer y volar juntos espiritualmente. Considero que somos una pareja inquieta, buscadora, inconformista con deseos de realización plena, y por ello nos hemos aventurado a salir de nuestra zona de confort, a vivir en el constante cambio, a dejarnos llevar por el Espíritu (Ruah).

Después de casi 22 años de matrimonio, y tras algunos años de “diáspora” con nuestra iglesia institucional, de repente, como un regalo de Dios, aparece en nuestras vidas el carisma de SFCC. La pregunta sería, ¿qué aporta SFCC a mi vida de pareja?, o bien ¿cómo vivo mi vida de pareja dentro de este nuevo carisma? Para responder a estas preguntas preciso una vez más tratar de que la mente y el corazón estén alineados y que vibren al unísono.

Como pareja, yo creo que hemos encontrado en SFCC un “suelo”, una base, una comunidad donde compartir nuestra fe, una fe libre, sin ataduras, sin cumplimientos. Se trata de un camino abierto que da respuesta a los signos de los tiempos tratando de ser fieles al susurro de la Ruah. Una comunidad que nos acoge y nos acompaña en nuestro estado de pareja animándonos a ser, a dar fruto, a volar. Y para ello, como estamos haciendo en esta primera etapa, es necesario identificar nuestros talentos, nuestro “humus”, quiénes somos, para desde ahí compartir el amor incondicional. Ese amor incondicional en nuestra vida de pareja es un camino constante de crecimiento plagado de momentos de crisis que al superarlos se han transformado en aprendizaje, sabiduría y amor.

Los tres consejos de obediencia, castidad y pobreza que se nos proponen son un verdadero regalo ejercitarlos en la vida de pareja como escucha, amor incondicional y servicio. Para mí está suponiendo un cambio de paradigma también en mi relación, dado que todo ello lleva implícito el pasar de la sumisión al empoderamiento en pro de una mayor autenticidad y sustituyendo el servilismo por el servicio. Pero no puedo olvidar el que para mí quizá sea el consejo o valor más importante, que no es otro que el de la escucha.

La escucha me exige en primer lugar, parar y escucharme. No se trata de decir lo que tú quieras, se trata de tenerme en cuenta y tener de este modo mi propio criterio. Sí, tengo que escuchar la voz de la Ruah en lo más profundo de mi ser para descubrir quién soy, mis talentos, mi misión. A partir de ahí seré capaz de compartir LO QUE SOY, porque de no ser así, seguiré atrapado en mis necesidades y apegos, otros planes o voces ajenas a lo que en realidad Dios espera de mí. Y esta estructura, con el paso del tiempo provoca cansancio y desgaste en el día a día. Por todo ello, puedo afirmar que cuando no me tengo en cuenta y no me escucho, la relación se resiente y no es auténtica.

El amor incondicional exige un equilibrio entre el dar y el recibir y por supuesto experimentar personalmente ese amor previamente en uno mismo. Proyectamos lo que somos y vivimos en nuestro interior. Está claro que tengo que abrazar a mi mujer con sus valores y defectos, pero eso no será posible si yo primero no me acepto y abrazo a mí mismo. Solo así, seré capaz de compartir y amar incondicionalmente. Por supuesto, el amor incondicional conlleva acompañarse mutuamente en un camino de crecimiento mutuo donde afloran miedos, bloqueos, limitaciones y también talentos, virtudes y potencialidades.

Otro de los aspectos que quiero destacar de este carisma de SFCC es el respeto que hemos experimentado. Y debo confesar que cuando hay respeto uno se siente mucho más libre, libre para pensar, sentir, expresar y compartir este camino en pareja porque no hay imposiciones ni normas que cumplir. Veo profética y fundamental esa propuesta constante a escuchar y dejarse llevar por la Ruah, por el Espíritu que “todo lo hace nuevo”. Y aunque parezca un tanto caótico este planteamiento, en el fondo es el más evangélico. En el fondo, se trata de confiar, confiar en Dios, un Dios Amor que todo lo hace bueno y especialmente a la criatura que ha creado a su imagen, la persona humana. También desde aquí entiendo yo la relación con mi mujer, se trata de un acto de confianza, de una atención constante, diaria, que como los buenos guisos exigen mucho arte, cariño, paciencia, pero sobretodo mucho amor.

Finalmente, quiero concluir esta reflexión haciendo alusión al fin de nuestra comunidad que no es otro que buscar la unidad: “Que todos sean uno como tú y yo somos uno” (Jn.17,21). Este es uno de los mayores deseos de los matrimonios cristianos, pero tanto Kika como yo creemos que esa unidad nunca se alcanzará si no se vive primero en uno mismo. Nosotros solemos decir que somos naranjas enteras y no medias naranjas que necesitamos complementarnos. Creemos que para cada uno Dios tiene pensado un proyecto de vida, una misión y lo ideal es compartir juntos ese camino de realización personal y desde ahí realizar juntos ese proyecto de unidad, donde ambos nos sumamos y logramos ser nuestra mejor versión.

Juanjo Silvestre

Magda Bennásar, sfcc

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