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DE COMPETITIVIDAD A COMUNIDAD

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Tal vez recordéis este texto, lo escribimos hace algún tiempo. Hoy, ante las múltiples relaciones familiares, comunitarias y de amistad, durante el verano en el hemisferio norte, nos parece que escribiríamos lo mismo. Es un modo de reciclar energía.

Es un placer últimamente poder conectar a través de los grupos de meditación con personas que hace tiempo nos leían pero que no conocíamos. Gracias por estar ahí.


Fácil de decir, casi imposible de realizar el proyecto comunidad, para personas que hemos sido formateadas en el modelo competitividad.

La competitividad permea todo porque la sociedad está diseñada según ese modelo: que triunfe el mejor, el más culto, el más inteligente, la más guapa, y los más enchufados. Cultura occidental=carrera de obstáculos desde los primeros grados de infantil.

Tenemos que educar para la competencia porque si no la persona fracasa en este modelo de sociedad.

Y esta realidad, dentro de culturas altamente patriarcales todavía en la mayoría de las instituciones, es de hecho un cáncer difícil de sanar, porque va con metástasis.

Y llega a la iglesia, a la espiritualidad y como consecuencia a la comunidad cristiana.

Cuando casi al final de mi carrera de Teología, una profesora nos pidió que visualizáramos y desarrolláramos nuestro modelo de comunidad para el cual deseábamos trabajar y luchar, aquello que en nuestra entraña se había ido configurando a lo largo de los años de experiencia, estudio y oración, a mí me brotó de dentro el modelo de una orquesta.

El modelo competitividad es que gane el mejor, y el otro es un obstáculo para mi carrera…

El modelo orquesta es: cada persona toca su instrumento, tiene su partitura, y en la base de todo está la escucha del resto para poder ir en armonía realizando una obra conjunta donde nadie puede ocupar el lugar de la otra persona y donde si alguien desafina en una nota, todo el conjunto se ve afectado.

No es difícil hoy encontrar muchas personas que buscan cultivar su espiritualidad pero no quieren ni oír hablar de comunidad. A veces por haber tenido experiencias negativas, pero la mayoría de veces porque escuchar la melodía de los demás requiere de tal ascética interior que muchxs no quieren pasar por ello.

Lo difícil no es tocar mi instrumento, a tope de lo que puedo y sé, lo difícil es hacerlo formando parte de un proyecto, de una melodía, que me transporta a algo más allá de mi misma y mis proyectos personales, me transporta a con lxs demás hacer la música del reino, la música del evangelio.

Si deseo destacar, rápidamente la pieza se arruina porque no puede sobresalir un instrumento, hay una partitura que es la que marca cuando entro yo, cuando espero… es el evangelio. Si me siento inferior, también puedo fastidiarlo todo porque ese suave sonido, de vez en cuando, es imprescindible, porque forma parte del conjunto.

Los músicos entre ellos y ellas pueden tener sus grandes egos, unos creerse más, otros sentirse menos, pero sus instrumentos,  su música cuanto menos ego tiene más nos llega, más nos envuelve. Es la obra de todxs.

Esto en mis estudios lo teníamos que aplicar a todo en nuestro ministerio, por ejemplo, decía la profe, si vas a una eucaristía enseguida puedes notar qué modelo sigue el sacerdote…llegué a España, y en la primera misa que me encuentro me toca uno que con el micro y un vozarrón, en sí mismo precioso, dominaba toda la asamblea que intentaba cantar o responder, sin micro, y envejecida. Y el otro se lucía en su ego celebrando una especie de show personal, donde se expresaba a sus anchas, micro en mano, ante una asamblea que estaba acostumbrada a ello y decía que bien canta el padre, como predica.

El buen cura ofrecía su talento, sin darse cuenta que aplastaba a su congregación. ¿Cantaba mal? No, al contrario. ¡No escuchaba! porque de haberlo hecho habría apagado el micro y habría oído las voces sencillas o preciosas como la suya que estaban ahí. Y lo mismo con su interminable homilía, ¿se le ocurrió preguntar si alguien deseaba comentar algo?

Eso es lo que ví en otra parroquia, en San Francisco de California. El sacerdote, enfermo de sida, celebraba en una parroquia de un barrio gay, con muchos chicos enfermos. Yo iba con mi comunidad a esta Eucaristía porque era viva. La homilía la hacíamos entre todos los días de labor, y aquellos chicos encontraban comunidad en medio de una sociedad que les rechazaba y temía, en aquella época.

El sacerdote, uno más, con una sencillez arrolladora, hacía posible que sintiéramos que éramos el Cuerpo de Cristo, con unos miembros enfermos, otros más disponibles para servir, apoyar…pronto todo fue silenciado desde arriba, incluso el Arzobispo dimitió alegando depresión, porque estaba roto por el sufrimiento, no comprendido desde arriba.

El Arzobispo Quinn, murió en paz, en su exilio voluntario, desde donde siguió ofreciendo su melodía ya que no pudo en la gran orquesta.

Creo poder afirmar que la comunidad sale cuando escuchamos y callamos a tiempo. Pero sobre todo sale cuando dejamos de querer estar en medio o escondidas y acogemos con gozo nuestro lugar.

Yo soy la primera beneficiada si dejo que el Espíritu reformatee mi estructura de competitividad a comunidad. Hay algo en mí que revive cuando ocupo mi lugar en el conjunto, cuando por sencillo que sea mi instrumento, sé que  sin él no suena igual el conjunto de la pieza musical.

Si traslado esta imagen a como oramos, tal vez también descubramos por donde mejorar. El secreto está en la escucha. Sí, la Escucha con delicadeza está en la base de toda comunidad, de toda relación.

Esta próxima Pascua, veremos también la importancia de la Escucha a la Tierra, a la naturaleza como parte integrante de una comunidad completa, cuyo sonido es imprescindible y al que hemos obviado por ser tenue, como la asamblea del cura de la buena voz, que sigue sin ser escuchada y posiblemente se va quedando solo porque así no se hace comunidad.

Hacer comunidad, si no desaprendemos de la estructura competitiva, es imposible. Pero nos dicen los especialistas que la meditación y la naturaleza nos re-estructuran el cerebro. La escucha interior y la contemplación de la belleza nos desintoxica y va haciendo más posible que creemos comunidad.

Magda Bennásar Oliver, SFCC

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