El martirio de las santas Perpetua y Felicitas

Como os dijimos vamos a ir traduciendo algunos textos de los orígenes del Cristianismo entre otros. Aquí tenéis uno, muy hermoso, del testimonio muy real de mujeres que dan la vida por defender su fe.

Su valentía comparada con la apatía y pereza generalizada que se observa en nuestros entornos es una auténtica luz y brújula para que comprendamos la fuerza del Espíritu en las personas que optan por ser fieles al Evangelio.

Así fueron los orígenes, nada fáciles, pero con una experiencia increíble de comunidades vivas, de apoyo hasta el final.

Les pedimos a estas hermanas mayores que nos contagien de su fuerza interior para ser fieles. Es un texto muy femenino en su lenguaje e imágenes. La iglesia era así, la consagración a un seguimiento de la persona de Jesús no significaba meterse en un convento o espacio cerrado, separado por ordenaciones o títulos. El cristianismo nace entre mujeres y hombres que viven en familia, que tienen hijxs y que en medio de todo ello siguen a Jesús, a pesar de la persecución.

Deseamos os ayude y nos ayuden.


Se trata del diario de la prisión de una joven martirizada en Cartago en el año 202 ó 203 de la era cristiana. El principio y el final son relatados por un editor/narrador; el texto central contiene las palabras de la propia Perpetua. 

Varios jóvenes catecúmenos fueron arrestados, Revocato y su compañero esclavo Felicitas, Saturnino y Secundulo, y con ellos Vibia Perpetua, una mujer recién casada de buena familia y educación. Su madre y su padre aún vivían y uno de sus dos hermanos era catecúmeno como ella. Tenía unos veintidós años y un hijo de pecho. (A partir de aquí todo el relato de su calvario es suyo, según sus propias ideas y de la forma en que ella misma lo escribió).

Mientras estábamos arrestados (dijo ella) mi padre, por amor a mí, intentaba persuadirme y sacudir mi resolución. Padre», le dije, «¿ves este jarrón de aquí, por ejemplo, o la vasija de agua o lo que sea?

Sí, lo veo’, dijo él.

Y le dije: «¿Podría llamarse de otra manera que no sea la que es?

Y él dijo: ‘No’.

Bueno, pues yo tampoco puedo llamarme de otra manera que no sea la que soy, cristiana’.

Al oír esto, mi padre se enfadó tanto por la palabra «cristiana» que se acercó a mí como si fuera a arrancarme los ojos. Pero lo dejó así y se marchó, vencido junto con sus diabólicos argumentos.

Durante los días siguientes di gracias al Señor por haberme separado de mi padre, y me reconfortó su ausencia. Durante estos pocos días fui bautizada, y fui inspirada por el Espíritu a no pedir ningún otro favor después del agua, sino simplemente la perseverancia de la carne. Pocos días después nos alojaron en la cárcel; y yo estaba aterrorizada, pues nunca había estado en un agujero tan oscuro. ¡Qué tiempo tan difícil fue! Con la multitud, el calor era sofocante; luego estaba la extorsión de los soldados; y para rematar, me torturaba la preocupación por mi bebé allí.

Entonces Tercio y Pomponio, aquellos benditos diáconos que trataban de cuidarnos, sobornaron a los soldados para que nos permitieran ir a una parte mejor de la prisión para refrescarnos durante unas horas. Cada uno abandonó entonces aquel calabozo y se desplazó por su cuenta. Yo amamanté a mi bebé, que estaba desfallecido por el hambre. En mi ansiedad hablé con mi madre sobre el niño, traté de consolar a mi hermano y entregué al niño a su cargo. Me dolía verlos sufrir por compasión hacia mí. Estas fueron las pruebas que tuve que soportar durante muchos días. Entonces conseguí el permiso para que mi bebé se quedara conmigo en la cárcel. En seguida recuperé la salud, aliviada como estaba de mi preocupación y ansiedad por el niño.

 Mi prisión se había convertido de repente en un palacio, de modo que quería estar allí antes que en cualquier otro sitio.

Entonces mi hermano me dijo: ‘Querida hermana, eres una gran privilegiada; seguramente podrías pedir una visión para descubrir si vas a ser condenada o liberada’.

Prometí fielmente que lo haría, pues sabía que podía hablar con el Señor, cuyas grandes bendiciones había llegado a experimentar. Y así dije: ‘Te lo diré mañana’. Entonces hice mi petición y ésta fue la visión que tuve.

Vi una escalera de bronce de gran altura, que llegaba hasta el cielo, pero era tan estrecha que sólo podía subir una persona a la vez. A los lados de la escalera había toda clase de armas de metal: había espadas, lanzas, garfios, puñales y pinchos; de modo que si alguien intentaba subir por descuido o sin prestar atención, quedaría destrozado y su carne se adheriría a las armas.

Al pie de la escalera se encontraba un dragón de enorme tamaño, que atacaba a los que intentaban subir y trataba de aterrorizarlos para que no lo hicieran. Y Saturus fue el primero en subir, el que luego se entregaría por voluntad propia. Él había sido el constructor de nuestra fuerza, aunque no estaba presente cuando fuimos detenidos. Llegó a lo alto de la escalera, miró hacia atrás y me dijo: ‘Perpetua, te estoy esperando. Pero ten cuidado, no dejes que el dragón te muerda’.

No me hará daño», le dije, «en el nombre de Cristo Jesús».

Lentamente, como si me tuviera miedo, el dragón sacó la cabeza de debajo de la escalera. Entonces, utilizándola como primer paso, le pisé la cabeza y subí.

Entonces vi un inmenso jardín, y en él un hombre de pelo canoso sentado en traje de pastor; era alto y ordeñaba ovejas. Y a su alrededor había muchos miles de personas vestidas de blanco. Levantó la cabeza, me miró y dijo: «Me alegro de que hayas venido, hija mía».

Me llamó y me dio, por así decirlo, un bocado de la leche que estaba extrayendo; y yo la tomé en mis manos ahuecadas y la consumí. Y todos los que estaban alrededor dijeron: «¡Amén!». Al oír esta palabra volví en mí, con el sabor de algo dulce todavía en mi boca. Enseguida se lo conté a mi hermano, y nos dimos cuenta de que tendríamos que sufrir, y que a partir de ahora ya no tendríamos ninguna esperanza en esta vida.

Unos días después corrió el rumor de que nos iban a dar audiencia. Mi padre también llegó de la ciudad, agotado por la preocupación, y vino a verme con la idea de convencerme.

‘Hija’, me dijo, ‘ten piedad de mi cabeza gris… ten piedad de mí, tu padre, si merezco llamarme tu padre, si te he favorecido por encima de todos tus hermanos, si te he criado para llegar a esta plenitud de tu vida. No me abandones para ser el reproche de los hombres. Piensa en tus hermanos, piensa en tu madre y en tu tía, piensa en tu hijo, que no podrá vivir una vez que te hayas ido. ¡Deja tu orgullo! ¡Nos destruirás a todos! Ninguno de nosotros podrá volver a hablar libremente si te pasa algo».

Así hablaba mi padre por amor a mí, besando mis manos y arrojándose ante mí. Con lágrimas en los ojos ya no se dirigía a mí como su hija, sino como una mujer. Lo sentí por mi padre, porque sólo él, de entre todos mis parientes, sería infeliz al verme sufrir.

Intenté consolarle diciendo: «Todo sucederá en el banquillo de los acusados como Dios quiera; porque puedes estar seguro de que no estamos abandonados a nosotros mismos, sino que todo está en su poder».

Y me dejó muy apenada.

Un día, mientras desayunábamos, nos llevaron de repente a una audiencia. Llegamos al foro, y enseguida la historia recorrió el barrio cercano al foro y se reunió una gran multitud. Nos acercamos al banquillo de los acusados. Todos los demás, al ser interrogados, admitieron su culpabilidad. Entonces, cuando llegó mi turno, apareció mi padre con mi hijo, me arrastró desde el escalón y me dijo: «Haz el sacrificio… ¡ten piedad de tu hijo!».

El gobernador Hilariano, que había recibido sus poderes judiciales como sucesor del difunto procónsul Minucio Timiniano, me dijo: ‘Ten piedad de la cabeza gris de tu padre; ten piedad de tu hijo pequeño. Ofrece el sacrificio por el bienestar de los emperadores’.

No lo haré’, repliqué.

¿Eres cristiana?», dijo Hilariano.

Y yo respondí: «Sí, lo soy».

Cuando mi padre insistió en tratar de disuadirme, Hilariano ordenó que lo tiraran al suelo y lo golpearan con una vara. Sentí pena por mi padre, como si yo misma hubiera sido golpeado. Sentí pena por su vejez.

Entonces Hilariano nos sentenció a todos: fuimos condenados a las fieras, y volvimos a la cárcel con mucho ánimo. Pero mi bebé se había acostumbrado a ser amamantado y a permanecer conmigo en la cárcel. Así que envié de inmediato al diácono Pomponio a mi padre para pedirle el bebé. Pero el padre se negó a entregarlo. Pero, como Dios quiso, el bebé no volvió a desear el pecho, ni yo sufrí ninguna inflamación; y así quedé aliviada de cualquier ansiedad por mi hijo y de cualquier molestia en mis pechos….

Algunos días después, un ayudante llamado Pudens, que estaba a cargo de la prisión, comenzó a mostrarnos gran honor, dándose cuenta de que poseíamos algún gran poder dentro de nosotros. Y empezó a permitir que nos vieran muchos visitantes para nuestro mutuo consuelo.

Se acercaba el día del concurso y mi padre vino a verme abrumado por la pena. Comenzó a arrancarse los pelos de la barba y los arrojó al suelo; luego se tiró al suelo y comenzó a maldecir su vejez y a decir palabras que conmoverían a toda la creación. Me dio pena su infeliz vejez.

La víspera de la lucha contra las fieras tuve la siguiente visión. El diácono Pomponio se acercó a las puertas de la prisión y comenzó a golpear violentamente. Salí y le abrí la puerta. Estaba vestido con una túnica blanca sin cinturón y llevaba unas elaboradas sandalias. Me dijo: «Perpetua, ven, te estamos esperando».

Entonces me tomó de la mano y comenzamos a caminar por un terreno áspero y quebrado. Por fin llegamos al anfiteatro sin aliento, y me condujo al centro de la arena.

Entonces me dijo: «No tengas miedo. Estoy aquí, luchando contigo’. Luego se fue.

Miré a la enorme muchedumbre que observaba atónita. Me sorprendió que no se soltara ninguna bestia contra mí, pues sabía que estaba condenada a morir por las bestias. Entonces salió un egipcio contra mí, de aspecto vicioso, junto con sus segundos, para luchar conmigo. También se acercaron a mí algunos jóvenes apuestos para ser mis segundos y ayudantes.

Me despojaron de mis ropas y, de repente, me convertí en un hombre. Mis segundos empezaron a frotarme con aceite (como suelen hacer antes de un concurso). Entonces vi al egipcio del otro lado revolcándose en el polvo. A continuación salió un hombre de maravillosa estatura, que se elevaba por encima de la cima del anfiteatro. Iba vestido con una túnica púrpura sin cinturón, con dos franjas (una a cada lado) que le llegaban hasta la mitad del pecho. Llevaba unas sandalias maravillosamente hechas de oro y plata, y portaba una varita como de entrenador de atletismo y una rama verde en la que había manzanas de oro.

Pidió silencio y dijo: ‘Si este egipcio la vence, la matará con la espada. Pero si ella lo vence, recibirá esta rama’. Entonces se retiró.

Nos acercamos el uno al otro y empezamos a soltar los puños. Mi adversario trató de agarrarme por los pies, pero yo seguí golpeándole en la cara con los talones de mis pies. Entonces me elevé en el aire y empecé a golpearle sin llegar a tocar el suelo. Entonces, cuando noté que había una pausa, junté mis dos manos enlazando los dedos de una mano con los de la otra y así me hice con su cabeza. Cayó de bruces y yo le pisé la cabeza.

El público comenzó a gritar y mis asistentes se pusieron a cantar salmos. Entonces me acerqué al domador y tomé la rama. Me besó y me dijo: ‘¡La paz sea contigo, hija mía! Empecé a caminar triunfante hacia la Puerta de la Vida. Entonces me desperté. Me di cuenta de que no era con los animales salvajes con los que iba a luchar, sino con el Diablo, pero sabía que ganaría la victoria. Hasta aquí lo que hice hasta la víspera del concurso. Sobre lo que ocurrió en el concurso mismo, que escriba de ello quien quiera.

[Aquí Saturio cuenta la historia de una visión que tuvo de Perpetua y de él mismo, después de ser asesinados, siendo llevados por cuatro ángeles al cielo donde se reunieron con otros mártires muertos en la misma persecución].

[Aquí el redactor/narrador comienza a relatar la historia]:

Tales fueron las notables visiones de estos mártires, Saturio y Perpetua, escritas por ellos mismos. En cuanto a Secundulo, Dios lo llamó de este mundo antes que a los otros, cuando todavía estaba en la cárcel, por una gracia especial para que no tuviera que enfrentarse a los animales. Sin embargo, su carne, si no su espíritu, conoció la espada.

En cuanto a Felicitas, también ella gozó del favor del Señor en este sentido. Estaba embarazada cuando fue arrestada, y ahora estaba en su octavo mes. Al acercarse el día del espectáculo, se sintió muy angustiada por la posibilidad de que su martirio se pospusiera a causa de su embarazo, ya que es contrario a la ley que las mujeres embarazadas sean ejecutadas. Por lo tanto, podría tener que derramar su santa e inocente sangre después junto con otros que eran delincuentes comunes. Sus compañeros de martirio también se entristecieron, pues temían tener que dejar atrás a tan buena compañera para recorrer solos el mismo camino hacia la esperanza. Y así, dos días antes de la contienda, elevaron una oración al Señor en un torrente de dolor común. E inmediatamente después de su oración le sobrevinieron los dolores de parto. Sufrió mucho en el parto debido a la dificultad natural de un parto de ocho meses.

De ahí que uno de los ayudantes de los carceleros le dijera: ‘Tanto sufres ahora… ¿qué harás cuando te arrojen a las fieras? Poco pensaste en ellas cuando te negaste al sacrificio’.

Lo que sufro ahora», respondió ella, «lo sufro por mí misma. Pero entonces habrá otro dentro de mí que sufrirá por mí, igual que yo sufriré por él’.

Y dio a luz a una niña; y una de las hermanas la educó como a su propia hija.

Por lo tanto, ya que el Espíritu Santo ha permitido que se escriba la historia de este concurso y, al permitirlo, lo ha querido, cumpliremos el mandato o, más aún, el encargo de la santísima Perpetua, por muy indigno que sea de añadir algo a esta gloriosa historia. Al mismo tiempo, añadiré un ejemplo de su perseverancia y nobleza de alma.

El tribuno militar los había tratado con extraordinaria severidad porque, por información de ciertas personas muy insensatas, temió que los sacaran de la prisión mediante hechizos mágicos.

Perpetua le habló directamente. ¿Por qué no nos permites siquiera refrescarnos como es debido? Porque somos los más distinguidos de los condenados, ya que pertenecemos al emperador; vamos a luchar en su mismo cumpleaños. ¿No sería un mérito para usted que nos trajeran ese día en un estado más saludable?

El oficial se turbó y se puso rojo. Así que dio la orden de que se les tratara con más humanidad, y permitió que sus hermanos y otras personas los visitaran, para que los prisioneros pudieran cenar en su compañía. Por aquel entonces, el ayudante que dirigía la cárcel era él mismo un cristiano.

La víspera, cuando tuvieron la última comida, que se llama el banquete libre, no celebraron un banquete sino una fiesta de amor. Con la misma firmeza se dirigieron a la muchedumbre, advirtiéndoles del juicio de Dios, subrayando la alegría que tendrían en su sufrimiento, y ridiculizando la curiosidad de los que venían a verlos. Saturio dijo: ‘¿No os bastará con el día de mañana? ¿Por qué estáis tan ansiosos por ver algo que os disgusta? Nuestros amigos de hoy serán nuestros enemigos de mañana. Pero fíjate bien en nuestro aspecto para que nos reconozcas ese día’. Así todos salían de la prisión asombrados, y muchos de ellos empezaron a creer.

Amaneció el día de su victoria, y marcharon de la cárcel al anfiteatro alegres como si fueran al cielo, con rostros tranquilos, temblando, si acaso, de alegría más que de miedo. Perpetua iba con semblante resplandeciente y paso tranquilo, como la amada de Dios, como una esposa de Cristo, apagando la mirada de todos con su propia mirada intensa. Con ellas iba también Felicitas, contenta de haber dado a luz sin problemas para poder luchar ahora contra las fieras, pasando de un baño de sangre a otro, de partera a gladiadora, dispuesta a lavarse después del parto en un segundo bautismo.

Entonces fueron conducidos hasta las puertas y los hombres fueron obligados a ponerse las túnicas de los sacerdotes de Saturno, las mujeres el vestido de las sacerdotisas de Ceres. Pero la noble Perpetua se resistió enérgicamente hasta el final.

Llegamos a esto por nuestra propia voluntad, para que nuestra libertad no fuera violada. Estuvimos de acuerdo en comprometer nuestras vidas con la condición de no hacer tal cosa. Ustedes estuvieron de acuerdo con nosotros en hacer esto’.

Incluso la injusticia reconoció la justicia. El tribuno militar estuvo de acuerdo. Debían ser llevados a la arena tal y como estaban. Perpetua comenzó entonces a cantar un salmo: ya estaba pisando la cabeza del egipcio. Revocatus, Saturninus y Saturus empezaron a advertir a la multitud que miraba. Luego, cuando llegaron a la vista de Hilariano, sugirieron con sus movimientos y gestos: «Vosotros nos habéis condenado, pero Dios os condenará a vosotros» era lo que decían.

Ante esto, la multitud se enfureció y exigió que los azotaran ante una fila de gladiadores. Y se alegraron de haber obtenido una participación en los sufrimientos del Señor.

Pero el que dijo: «Pedid y recibiréis», respondió a su oración dando a cada uno la muerte que había pedido. Porque siempre que discutían entre ellos su deseo de martirio, Saturnino insistía en que quería ser expuesto a todas las bestias, para que su corona fuera más gloriosa. Y así, al principio de la contienda, él y Revocato fueron enfrentados a un leopardo, y luego, mientras estaban en el cepo, fueron atacados por un oso. En cuanto a Saturus, no temía nada más que a un oso, y contaba con ser asesinado por un solo mordisco de un leopardo. Luego se enfrentó a un jabalí; pero el gladiador que lo había atado al animal fue corneado por el jabalí y murió pocos días después de la contienda, mientras que Saturus sólo fue arrastrado. Luego, cuando estaba atado en el cepo a la espera del oso, el animal se negó a salir de las jaulas, por lo que Saturus fue llamado de nuevo ileso.

Para las jóvenes, sin embargo, el Diablo había preparado una novilla loca. Se trataba de un animal inusual, pero fue elegido para que su sexo coincidiera con el de la bestia. Así que las desnudaron, las colocaron en redes y las sacaron a la arena. Incluso la multitud se horrorizó al ver que una era una joven delicada y la otra una mujer recién parida con la leche aún goteando de sus pechos. Así que las trajeron de nuevo y las vistieron con túnicas sin cinturón.

Primero la vaquilla tiró a Perpetua y ésta cayó de espaldas. Luego, sentada, se bajó la túnica, que estaba rasgada por el costado, de modo que le cubría los muslos, pensando más en su pudor que en su dolor. Luego pidió un alfiler para sujetar su cabello desordenado, pues no era justo que una mártir muriera con el cabello desordenado, para que no pareciera que estaba de luto en su hora de triunfo.

Entonces se levantó. Y viendo que Felicitas había caído al suelo, se acercó a ella, le dio la mano y la levantó. Entonces las dos se pusieron de pie una al lado de la otra. Pero la crueldad de la muchedumbre ya se había aplacado, por lo que las llamaron de nuevo a través de la Puerta de la Vida.

Allí, Perpetua fue sostenida por un hombre llamado Rústico, que en ese momento era catecúmeno y se mantuvo cerca de ella. Ella despertó de una especie de sueño (tan absorta había estado en el éxtasis del Espíritu) y comenzó a mirar a su alrededor. Entonces, ante el asombro de todos, dijo: «¿Cuándo nos van a echar a esa vaquilla o lo que sea?».

Cuando se le dijo que esto ya había sucedido, se negó a creerlo hasta que notó las marcas de su dura experiencia en su persona y en su vestido. Entonces llamó a su hermano y le habló junto con los catecúmenos y les dijo: ‘Todos debéis manteneros firmes en la fe y amaros unos a otros, y no os debilitéis por lo que hemos pasado’.

En otra puerta, Saturio se dirigía seriamente al soldado Pudens. «Es exactamente», dijo, «como lo predije y pronostiqué. Hasta ahora ningún animal me ha tocado. Así que ahora puedes creerme con todo tu corazón: Voy a entrar ahí y seré rematado con un solo mordisco del leopardo’. E inmediatamente, cuando la contienda llegaba a su fin, se soltó un leopardo, y después de un mordisco Saturio quedó tan empapado de sangre que, al salir, la muchedumbre rugió como testigo de su segundo bautismo: «¡Bien lavado! Bien lavado». Porque bien lavado estaba el que había sido bañado de esta manera.

Luego le dijo al soldado Pudens: «Adiós. Acuérdate de mí y de la fe. Estas cosas no deben perturbarte, sino fortalecerte’.

Y con esto le pidió a Pudens un anillo de su dedo, y sumergiéndolo en su herida se lo devolvió de nuevo como prenda y como constancia de su derramamiento de sangre.

Poco después fue arrojado inconsciente con el resto en el lugar habitual para ser degollado. Pero la turba pidió que sus cuerpos fueran sacados a la luz para que sus ojos fueran los testigos culpables de la espada que atravesó sus carnes. Así que los mártires se levantaron y se dirigieron al lugar por su propia voluntad, como quería el pueblo, y besándose unos a otros sellaron su martirio con el beso ritual de la paz. Los demás tomaron la espada en silencio y sin moverse, especialmente Saturio, que siendo el primero en subir la escalera fue el primero en morir. Pues una vez más le esperaba Perpetua, sin embargo, aún no había probado más dolor. Gritó al ser golpeada en el hueso; luego tomó la mano temblorosa del joven gladiador y la llevó a su garganta. Era como si una mujer tan grande, temida por el espíritu inmundo, no pudiera ser despachada a menos que ella misma estuviera dispuesta.

¡Ah, valientes y benditos mártires! En verdad habéis sido llamadas y elegidas para la gloria de Cristo Jesús, nuestro Señor. Y todo hombre que exalte, honre y adore su gloria debería leer para consuelo de la Iglesia estas nuevas gestas de heroísmo que no son menos significativas que los relatos de antaño. Porque estas nuevas manifestaciones de virtud darán testimonio de un mismo Espíritu que sigue actuando, y de Dios Padre todopoderoso, de su Hijo Jesucristo nuestro Señor, a quien corresponde el esplendor y el poder inconmensurable por todos los siglos. Amén.

De Los Hechos de las Marías Cristianas

textos y traducción de Herbert Musurillo

(c) Oxford University Press, 1972

Traducciòn de Inglés a Castellano: espiritualidadintegradoracristiana.es

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