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Confidencias al nuevo papa

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Soy una mujer, europea, comprometida hasta la médula con el carisma que me constituye desde los 16 años, cuando asistí a un retiro predicado por dos mujeres.
Como adolescente tenía la típica crisis de fe, y me aburría en las liturgias y catequesis, en general.

Sin embargo, experimenté mi Pentecostés interior en ese espacio donde se me habló de Jesús con toda la pasión y el amor de dos mujeres que habían dedicado su vida a vivir y anunciar el evangelio.

La fuerza, la delicadeza, el conocimiento apoyado por estudios de teología que recibí de ellas, a partir de ese encuentro no hacía más que corroborar mi experiencia interior que iba tomando forma, acompañada por gente joven que experimentábamos lo mismo.

Así hice mi discernimiento vocacional, necesitaba saber si esa invitación interior que experimentaba a dedicar mi vida a orar y a compartir lo orado y estudiado, era para mí.

He tenido cientos de oportunidades de predicar y las sigo teniendo porque desde entonces no he dejado de hacerlo, también online, y escribiendo. Desde dar retiros, fines de semana, talleres, cursos, a escribir y compartir a diario a través de algún medio lo acariciado en el corazón; siempre compartido y discernido en comunidad.

Lógicamente esa comunicación forma comunidad, y ahí sigo, sin parar, formando, con mi comunidad, comunidades presenciales y online con personas de diferentes edades y culturas que quieren hacer silencio para escuchar la Palabra y vivirla en diferentes compromisos.

Entro en contacto con el hambre de espiritualidad de la gente a diario; veo personas que se queman porque dan la vida sirviendo y dándose en diferentes áreas de justicia social, pero muchas carecen de acompañamiento a niveles más profundos, más allá del acompañamiento sicológico para procesar las situaciones de dolor que se encuentran en su labor social.

Vivir pendiente del silencio y la Palabra desde las 5.30 de la mañana hasta la noche es mi vida y mi amor. Y siempre, junto con las otras mujeres de mi comunidad, se lo hemos ofrecido a las diócesis, a las parroquias, y en demasiadas ocasiones hemos encontrado barreras, sospechas, vacíos…

Al formarme en una comunidad donde las mujeres estábamos muy empoderadas por la Palabra y su estudio, cuando salíamos a las parroquias y se nos indicaba que esto ya lo hacía el padre o notábamos cierta sospecha porque éramos mujeres, nos quedábamos sorprendidas, pero nosotras nos buscábamos la manera de seguir. Y así seguimos en el siglo XXI.

Ni falta decir que la mayoría se fueron. Conozco personas que para realizarse plenamente se han hecho de alguna rama protestante, donde, se les permite la entrada en todos los ministerios. La barrera casi siempre ha venido de la institución no de que la gente no quiera acoger el mensaje.

Nos hemos tenido que reinventar continuamente para no ahogar la fuerza de la Santa Ruah que desde dentro nos sigue llamando y nos sigue retando a que no dejemos de comunicar lo contemplado.

El choque siempre ha sido con el clericalismo, sea directo de parte del clero, o de personas tanto hombres como mujeres convencidas de que esta es la manera correcta de ser fieles.
Haciendo exégesis de los textos bíblicos también orados, permite que esos textos nos hablen a la mente y al corazón directamente, sin la interpretación casi siempre clericalizada y sólo masculina, lo cual es la norma.

Querido hermano León, tu nombramiento acaba de ser anunciado, y la expectación es grande. Nosotras, no sólo yo, sino miles de mujeres, sobre todo, te pedimos que sigas la línea de Francisco de luchar contra el clericalismo, pero sobre todo te pedimos que esta sea una prioridad.

Se está perdiendo la aportación por ser mujeres, de más de la mitad de la población que formamos la iglesia. Nosotras nos preguntamos y le preguntamos a la iglesia de la que os habéis apropiado ¿creéis que a las mujeres el Espíritu no nos habla?

Hace poco pude escuchar la homilía que la obispa episcopaliana Marian Budde hizo el 21 de enero en la catedral episcopaliana de Washington, al inicio del segundo mandato del presiente Trump. Y no fue una excepción. Esa voz profética está dando la vuelta al mundo porque expresó el sentir del evangelio frente a la catástrofe que está ocurriendo en ese país.
Era una mujer. Y hay cientos y miles de ellas preparadas, formadas, a punto para compartir codo con codo, en igualdad la tarea del Reino.

En este tiempo de pascua contemplamos el texto del envío de una mujer a decirles a los discípulos que él vive; y ese anuncio, que constituye la base para ser apóstol “haber sido testigo de la Resurrección” ¿no sirve si es una mujer la que lo recibe, y sí sirve si es un hombre, aunque no haya sido testigo de la Resurrección, como es el caso de Pablo?

Desde diferentes ciencias nos dicen que para que la vida funcione sanamente, tiene que haber un equilibrio entre lo masculino y lo femenino. Como decía un teólogo, hasta que la iglesia no equilibre ese eje desmesuradamente inclinado hacia un lado, no habrá iglesia de Jesús, habrá y ha habido institución jerárquica regida por hombres.

No todas queremos ser sacerdotes, créenos. Pero todas queremos ser respetadas en nuestra dignidad y en nuestra vocación que viene del Espíritu. ¡Cuántos dones y talentos desperdiciados por no encontrar un hueco desde donde compartir en esa iglesia copada por hombres, tantas veces alejados de la vida misma de las familias, de las situaciones de búsqueda…

Querido hermano, pedimos que seas profético, que no te amedrentes por la institución aplastante y que tengas la inocencia de Jesús, y de tantas otras y otros que han mantenido fresca la iglesia de Jesús.

Y sólo un recordatorio, las mujeres no somos un tema a tratar con precaución y con preocupación, las mujeres somos la inmensa mayoría que todos estos señores vestidos con ropajes que imitan la vestimenta de los jerarcas romanos, van a encontrarse en sus lugares donde son pastores.

Y ahí, en la realidad de la vida diaria, necesitamos un hermano, un igual, que nos trate como hermanas.

Rezamos contigo para que así sea. Gracias por aceptar tu ministerio.
Magda Bennásar Oliver, sfcc

                       
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