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MEDITACIÓN GUIADA
Me retiro para entrar en el silencio y enseguida escucho gritos de dolor de la Tierra que soy, de la que formo parte y que no puedo obviar porque participo en su sufrimiento, en sus profundas heridas, en su profundo lamento.
Las primeras heridas que veo son las mías fruto de mis necesidades no atendidas, obviadas, aspectos de mi vida no resueltos, arrinconados en la oscuridad porque prefiero no verlos y además no veo el momento de enfrentarlos cara a cara. Me distraigo volcándome hacia afuera, sobre todo en mi familia y no atiendo aquello que necesito visitar en mí y que si lo atiendo me convertirá en una persona sana capaz de ayudar a sanar a otrxs.
Alzo la mirada más allá de mí y aunque me encuentro en una parte “privilegiada” del mundo donde por el momento no hay conflicto armado, ni falta de lo más básico: alimento, refugio, cuidados…me toca, me roza, me duele lo que oigo y veo, y no está tan lejos.
Todo el planeta está herido de muerte; no voy a recorrer cada uno de los conflictos con todas sus consecuencias pero nuestro planeta agoniza. No sólo por los conflictos bélicos con su impacto en las vidas de tantas personas, sino porque ya no puede sostener nuestros estilos de vida, nuestra continua sobreexplotación de su gran riqueza, por nuestro drenar constantemente las fuentes de la vida.
El antiguo Israel entendió desde las claves religiosas que la fertilidad de la tierra dependía de su relación con el territorio. Como otros pueblos agrarios entendieron la red de las complejas relaciones de interdependencia que se establecen entre todos los seres vivos e intuyó la conexión entre el bienestar de la tierra y el bienestar de las comunidades humanas.
Sobre todo comprendió que Canaán era un don gratuito de Yahvé y que no era fruto de ningún mérito suyo. También comprendió que Yahvé como creador de todo lo que existe es el verdadero dueño de todo y por tanto de esta tierra también.
Esa donación de Dios no implica que los israelitas hubieran adquirido el derecho a comerciar y enriquecerse con ella, sino que se trataba más bien de un usufructo. Uso del fruto, ¡Qué expresión tan preciosa! Puede utilizarla y disfrutarla, es decir, obtener sus frutos, pero no puede disponer libremente de ella por no ostentar el derecho a propiedad.
Las historias bíblicas como todas las historias desde la presencia humana en nuestra tierra, son luchas por las conquistas de más y más tierra como si fuera algo que se pudiera poseer.
Es verdad que la naturaleza es violenta, es verdad que la vida de algunos seres vivos a veces surge a costa de la muerte de otros; sin embargo dentro de todo ello hay un orden, un equilibrio que los humanos no sabemos lograr y por eso destruimos para lograr lo que queremos.
La tierra está enferma, hace mucho tiempo que nos muestra signos de debilidad, de falta de equilibrio, de síntomas de abuso hasta el extremo con las superproducciones por forzar los ritmos naturales queriendo dominarla en lugar de cuidarla que era nuestra tarea como nos describe el Génesis.
Nuestro tiempo es un tiempo convulso, lleno de violencia, de injusticia de maltrato…nuestro humus, nuestra tierra, vive un tremendo desconcierto porque desconocemos nuestra “composición genuina” se ha alterado nuestro orden natural y andamos desorientados y perdidos.
No podemos cerrar los ojos a la injusticias de tantas guerras provocadas para consumir armamento y enriquecer a unos pocos, para mostrar quien ostenta el poder por encima de todas las demás naciones…y sus consecuencias como los desplazados, los refugiados, las heridas físicas y psicológicas con consecuencias devastadoras…
¿Y yo, qué puedo hacer? Y la pregunta ¿no sería mejor? ¿Qué puedo desplegar en mí que todavía no he desplegado? ¿A qué tengo que morir que no me deja vivir con ilusión, con esperanza, en comunión? ¿Cuándo y cómo me domina mi ego hasta el punto de no dejarme ver la realidad tal y como es?
Escucha en silencio, entra en tu interior y tu humus te revelará cómo estás, qué necesita ser removido, descartado, limpiado y abonado.
Quien anda despierto, quien no ha claudicado no cesa en su empeño de inyectar vida ahí donde está. Surgen iniciativas, proyectos a nivel local, la imaginación se desboca cuando hay amor, cuando nos resistimos a la enfermedad y a la muerte.
Hoy, quizá más que nunca volvemos a tomar conciencia de que la tierra no es nuestra, no está en venta, se nos ha regalado pero solo en usufructo para pasarla a las siguientes generaciones con una conciencia mucho más clara de que somos “uno” con todo y con todxs.
NO CLAUDIQUEMOS, NO PODEMOS, NO DEBEMOS HACERLO.
Carmen Notario, SFCC

