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El cric cric de la hoguera

StockSnap en Pixabay

Cuando Moisés, el rescatado de las aguas, en plena huida de falsas seguridades y de las consecuencias de hacer justicia a su manera,  se adentra en su desierto, no vislumbra su futuro ¡es lo que tiene el desierto!

Tampoco nosotras si dejamos que el Dios del desierto sea nuestro compañero de camino.

Un evento, una experiencia en el silencio, puede indicarnos el camino a seguir. Y lo que nos parece “accidental” se convierte en determinante de una presencia en nosotras que nos acompaña y de alguna manera nos guía.

Moisés, agotado y sediento, llega a un espacio de agua y de amor, es el lenguaje bíblico del pozo, insinuante de “espacio nupcial”.

El niño rescatado de las aguas, es ahora un fugitivo adulto y perdido.

Si quieres, intenta identificar estos “lugares teofánicos”  (donde Dios se manifiesta) en tu vida.

¡Cuántas veces, en mi oración, me encuentro “sedienta” en el brocal del pozo, esperando un posible encuentro que me habite, que me guíe…!

El itinerario de fe es siempre llevado “por el otro, por la Ruah”. Aceptar mi papel secundario es clave para vivir con gozo la travesía, aún a pesar de tantas y tantas dificultades, que obviamente experimentamos, si estamos en camino.

Lo del pozo es tentador. Y lo necesitamos, pero la vida sigue. Y en el caso de nuestro Moisés, después de boda y familia y tierras y ganado, algo está adormecido por dentro.

Un día cualquiera, en el desierto, y en plena faena para su subsistencia, escucha un chisporrotear, un “cric-cric” de un fuego ardiendo: caben dos opciones, dejarlo chisporrotear y seguir su ineludible tarea o seguir el rastro al cric-cric y al resplandor por dentro; el gusanillo de la inquietud.

No estamos hechos para la instalación. Nuestras madres y padres en la fe, eran personas de desierto, de desinstalación y vida frugal. Y, por encima de todo, eran personas avezadas a “escuchar” a Dios en todo.

El chisporrotear de una hoguera se convierte en lugar de encuentro, en espacio sagrado, donde Dios y la persona se encuentran y dialogan.

El niño rescatado de las aguas es ahora un adulto hablando con el fuego. Un adulto inquieto, asustado y deslumbrado por lo que está viviendo. Sigue en el desierto, ya habitual para él, y en medio de esta circunstancia, oye el fuego, enfrenta la llama ardiendo, se descalza de su ego que quisiera entender y, muy despacio, al calor de la llama va comprendiendo.

Del pozo a la llama. Una travesía. Ahora empieza otra. De la llama vuelta atrás, con otro brillo en los ojos y con una humildad adquirida en la arena del día a día seco y sin grandes horizontes. De pronto le devuelven al río del que fue rescatado para que sea “rescatador de otr@s”.

No hay mapas. No hay gps’s, no hay… ¡Hay: hogueras, ríos, arena, estrellas, y la seguridad de que estas cosas son de Dios!

Y lo que no quieres perderte, sin lo cual nada es posible, es el pozo. Ahí empieza el diálogo que culmina en la hoguera. Séfora le enamora, y ella le prepara para la hoguera. No le impide la tarea, es más, le acompaña.

Si el texto no fuera patriarcal…igual resulta que es Séfora la convocada…pero eso no se sabrá. Lo que sí se sabe es que hoy la hoguera y el pozo y la tarea es para las y los que “escuchamos” el cric-cric del fuego que nos habla al corazón, y nos envía a rescatar los corazones secos y emperifollados que tratan de disimular su sed.

Estas palabras, cargadas de desierto,son para todos y todas las que nos dejamos guiar por el chisporrotear de la hoguera, allá en el monte, donde Dios habita, y desde donde nos abraza, nos acoge, consagra y envía.

Feliz travesía: del pozo a la hoguera y de la hoguera al río que nos vio nacer. Ese bautismo que nos hace: sacerdotes, profetas y pastores.

Magda Bennásar Oliver, sfcc

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