Página traducida del inglés de https://www.sfccinternational.org/
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NUESTRO PERFIL
Somos mujeres cristianas consagradas a Dios, a través de los consejos evangélicos en una comunidad no canónica, ecuménica. Luchamos por hacer realidad la oración de Jesús, “…que todo sea uno”. Comprometidas por Bautismo con este mandato evangélico, realizamos nuestra misión de crear comunidad a nivel local y universal.
NUESTRA MISIÓN
Nuestra misión es dar a luz una nueva manera de entender el reino de Dios.
NUESTRA VISIÓN
Soñamos con una comunidad universal donde todo sea uno y donde la apertura al Espíritu nos empodere para buscar horizontes nuevos y desafiantes. Buscamos vivir apasionadamente los valores del evangelio: amor, reverencia, perdón, no-violencia, igualdad, diversidad, integridad y cuidado de la creación.
NUESTRA ESPIRITUALIDAD, NUESTRO MINISTERIO
Alimentadas por la oración y el estudio nuestra espiritualidad es una profunda búsqueda de Dios tanto personal como comunitaria, reflejada en vidas que son contemplativas y a la vez impulsadas a la misión, con una preferencia por los pobres. Nuestros ministerios son diversos y los discernimos según los tiempos, dones y talentos. Reconocemos y afirmamos la riqueza de todas las culturas. Nos solidarizamos con todos los que luchan por desarrollar sus derechos como seres humanos, dados por Dios, libres de cualquier dominio, injusticia y opresión.
NUESTRO COMPROMISO, NUESTROS VALORES
Nos comprometemos a vivir los Consejos Evangélicos de Pobreza como Servicio, Castidad como Amor y Obediencia como Escucha. Damos testimonio de Pobreza a través de un estilo de vida sencillo y del reconocimiento de la igualdad de todos ante Dios. El testimonio de la Castidad a través del amor célibe. La Obediencia la entendemos como escucha a las insinuaciones del Espíritu. En nuestros diversos ministerios y libertad de estilo de vida estamos unidas a través del compromiso de los valores evangélicos de Amor, Justicia, Reverencia, Perdón, No-violencia, Igualdad, Diversidad, Integridad y Cuidado de la Creación.
NUESTRO ESTILO DE VIDA, NUESTRA ESTRUCTURA
La comunidad emerge de una conexión espiritual que va más allá de la ubicación geográfica. Tanto si vivimos solas como en comunidad, compartimos nuestras vidas, preocupaciones, desafíos y visión. Experimentamos el amor y el apoyo de la comunidad global a través de las reuniones locales, regionales, internacionales y virtuales. Como personas económicamente independientes somos responsables de nuestras propias necesidades y compartimos las necesidades de la comunidad global. Las decisiones referentes al conjunto se toman colegialmente. La hoja informativa oficial “All to All” (Todo para Todas) conecta a todos los miembros.
NUESTRA HISTORIA
¿Qué motivó que se formara la comunidad de las Hermanas Para la Comunidad Cristiana? Respondiendo a la llamada que el Concilio Vaticano II hizo a la Iglesia a volver a todos los niveles al modelo de organización de mutualidad y participación, las Hermanas Para la Comunidad Cristiana (SFCC), en 1970 surgieron como una comunidad diferente de mujeres religiosas, destinadas a dar testimonio de comunidad colegial a través de los votos tradicionales de obediencia, castidad y pobreza, expresados de una forma novedosa como: escucha, amor y servicio.
Se fueron añadiendo miembros de la costa del Este y del Oeste de Estados Unidos, de la región de los Grandes Lagos y del Sur profundo, desde las praderas y pronto de las provincias Canadienses. En poco tiempo se expandieron desde el Pacífico hasta el Océano Atlántico. África, Australia, Guam, India, Filipinas, la Europa Occidental, Irlanda e Inglaterra, México y América Central atrajeron a mujeres que se comprometieron con la visión, el carisma, y el trabajo de las hermanas. De hecho, en poco tiempo se podía encontrar hermanas en todo tipo de trabajos y en cada esquina del mundo.
Juntas estas mujeres decidieron primero explorar una forma totalmente nueva de vida religiosa que encarnara la visión y el desafío del Concilio Vaticano II: solidaridad e igualdad a través de la autodeterminación y la colegialidad. Con esta nueva estructura, las hermanas querían dar testimonio a la Iglesia basada en una espiritualidad compartida que bebe de la fuente de la oración de Jesús, “que todo sea Uno.” Con el paso del tiempo las Hermanas Para la Comunidad Cristiana se auto comprendieron como testigos de esperanza y catalizadoras de cambio, luchando por la igualdad y la solidaridad no sólo dentro de la Iglesia institución sino también fuera.
¿Quién catalizó este movimiento? Lillanna Kopp (Hermana Audrey Kopp) eminente profesora de antropología y sociología que inmediatamente después del Concilio Vaticano II cruzó Estados Unidos y Canadá hablando a comunidades religiosas femeninas, de las opciones de renovación estructural, según los dictámenes del Concilio, en Capítulos Generales y Consejos Diocesanos. Muchas congregaciones le comentaban con dolor sobre la pérdida de un gran número de hermanas entre las más preparadas y espiritualmente maduras.
Lillana Kopp se preguntaba con frecuencia sobre estas mujeres que se sintieron llamadas a dejar sus congregaciones pero no los votos de la vida religiosa. Llamadas a “QUÉ”, se preguntaba a menudo. Kopp comprendió que buscaban una estructura y una forma de vida religiosa que las liberara de las restrictivas organizaciones congregacionales, para poder servir al Evangelio con todas sus capacidades y con plena madurez.
Lillana Kopp imaginó a estas mujeres por todo el mundo trascendiendo distancias geográficas a través de una red de comunicación y de unidad. Y empezó a diseñar a grandes rasgos un esbozo de una nueva forma de vida religiosa basada en un carisma común de unidad en Cristo y de liberación de encorsetadas burocracias y controles represivos. En Marzo de 1970, este ensayo se publicó en el TRANS-SISTER, un boletín inter congregacional, de hermana a hermana, sobre la renovación. Entre todas las que lo leyeron, el texto despertó esperanza y entusiasmo a la vez que generó discusión.
Sólo unos meses después en Agosto de 1971, 38 mujeres, inspiradas por el texto de Kopp, se reunieron en Dunrovin, MN para diseñar juntas su futuro. Trabajaron y reafirmaron el Texto base (Profile) como su documento oficial de identidad y como su objetivo, y proclamaron la sencillez, la comunidad y la solidaridad como su seña de identidad. Desde entonces las Hermanas Para la Comunidad Cristiana se han reunido cada verano en asamblea general para consolidar su red de comunicaciones, su unidad y compromiso y para explorar nuevas iniciativas de ministerio pastoral. En los 40 años que han pasado desde la primera asamblea en Dunrovin, MN, más de 1000 mujeres se han comprometido con la visión y el carisma de la comunidad.
En 1995 las Hermanas Para la Comunidad Cristiana se autodefinen como “una comunidad eclesial profética” impulsadas a “siendo auténticas en el amor, crecer hacia una madurez en Cristo.” (Efesios 4,15). La comunidad continúa comprendiéndose a sí misma como una comunidad de mujeres consagradas de libre determinación, y autogobierno con un objetivo común: “que todo sea uno” (Juan 17,21), la oración de Jesús para la unidad y la colegialidad.
Para las hermanas está claro que sólo la oración de Jesús para la unidad hace posible y eficaz la independencia y la colegialidad. Por tanto, es ésta oración evangélica la que constituye el centro-corazón de una espiritualidad común, a la vez que propone-reta a cada miembro a que asuma el incómodo riesgo de ser profeta en su propia tierra. Originalmente fundadas para involucrarse en la re-estructuración de la Iglesia Jerárquica Institucional, la comunidad progresivamente se decanta hacia lo que iba descubriendo como “ministerio de presencia”. Individualmente y como comunidad global, las Hermanas Para la Comunidad Cristiana creen profundamente que opiniones miopes se pueden transformar en entendimiento mutuo.
La división puede convertirse en unidad. Estructuras opresivas pueden ser reformadas. Son algunos ejemplos sencillos pero de conclusiones clave para comprender la esencia del “ministerio de presencia” para la comunidad realizado a través de la escucha, el amor y el servicio. Luego, por su misma naturaleza el “ministerio de presencia” de las hermanas es una acción profética que las conduce donde su carisma se necesita.
No sorprende encontrar hermanas, por todo el mundo, viviendo libremente en apartamentos solas o con otras. La comunidad se mantiene a través de contactos personales, reuniones regionales e internacionales y boletines informativos. La Comunidad es colegial en todas las decisiones que le afectan como comunidad. Viven y trabajan donde el testimonio de comunidad colegial se necesita.
Encontramos Hermanas Para la Comunidad Cristiana en trabajos profesionales y no profesionales. Cada miembro es autosuficiente y dedica su energía y talentos a construir comunidad Cristiana. Las hermanas son educadoras profesionales: profesoras, maestras, bibliotecarias, administrativas y oficinistas. Las encontramos en gabinetes de sicología y servicios sociales. Trabajando ministerialmente en parroquias y en el mundo de los negocios en todo el mundo. Las hermanas defienden a los sin techo, a los indigentes, a las mujeres maltratadas, a los jóvenes en riesgo y a los refugiados políticos. Trabajan con los ancianos y están en profesiones de atención sanitaria en hospitales y centros de salud. Son vendedoras y reponedoras de mercancía; son contables, banqueras, investigadoras, recepcionistas y autoras. Donde se encuentran, las Hermanas Para la Comunidad Cristiana dan testimonio de comunidad colegial a través de la vivencia de los votos tradicionales de obediencia, castidad y pobreza, expresados en la forma de escucha, amor y servicio.

