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El domingo pasado y este estamos proclamando el principio del capítulo 18 de Lucas titulado: La oración. Lucas 18:1 “Para explicarles que tenían que orar siempre y no desanimarse, les propuso esta parábola:”, la viuda y el juez.
El evangelio de hoy nos propone otra parábola que expone dos modos opuestos de orar: Lucas 18: 9 “Refiriéndose a algunos que estaban plenamente convencidos de estar a bien con Dios y despreciaban a los demás, añadió esta parábola”: el fariseo y el publicano.
Jesús se dirige sobre todo a sus discípulos porque algunos de ellos participan de una actitud farisea. Se nos pueden pegar esas actitudes casi sin darnos cuenta. El fariseo de la parábola no ora, no dialoga, le presenta a Dios una lista de prácticas que cumple de manera intachable, por lo que está tremendamente orgulloso de sí mismo. Dios debería estarle agradecido por su fidelidad. Nombra acciones como el ayuno, el diezmo…pero no habla de compromiso directo con los demás. Desdeña a aquellos a quienes considera que no son como él y que no cumplen los mandamientos.
No hay nada peor que la persona arrogante que se atrinchera en sus ideas y a quien no se le puede tocar. Su cortedad de vista le encierra en un mundo pequeño, autosuficiente y falso.
Leo el primer versículo de la primera lectura de la liturgia de hoy del libro del Eclesiástico: “El Señor es juez, y para él no cuenta el prestigio de las personas”. Cf.35:12
Esta afirmación de que Dios es juez y su tarea es juzgar el comportamiento de las personas para luego darles su merecido, está profundamente arraigada como imagen de Dios en el Antiguo Testamento y también en nuestra tradición cristiana. Dios premia a los buenos y castiga a los malos, aprendíamos en nuestras catequesis, y teníamos una visión de que todo era o blanco o negro, porque así lo veía Dios.
Sin embargo, el autor del Eclesiástico empieza tirando por tierra la escala tan humana de juzgar a los demás por su valor: sus riquezas, su prestigio, su poder, su influencia…Pero es que aún va más lejos:13 “Para él no hay acepción de personas en perjuicio del pobre, sino que escucha la oración del oprimido”.
Dios no divide al mundo entre pobres y ricos, poderosos y oprimidos, desvalidos y prepotentes,14 “No desdeña la súplica del huérfano, ni a la viuda cuando se desahoga en su lamento”. Dios parece estar del lado del desamparado, del sin recursos, del pequeño y humilde, del necesitado, en una palabra.
A los poderosos les resulta muy fácil igualar pobreza con delincuencia, migración con violencia, lucha por los derechos fundamentales con aprovecharse de los recursos de otros en favor propio.
16 “Quien sirve de buena gana, es bien aceptado, y su plegaria sube hasta las nubes”.
No tenemos derecho a juzgar a nadie, pero mucho menos cuando no tenemos datos reales de su comportamiento. Y aún así Jesús dice del recaudador que tenía un oficio de dudosa reputación, que por expresar un arrepentimiento sincero “bajó a su casa a bien con Dios. Porque a todo el que se encumbra, lo abajarán, y al que se abaja, lo encumbrarán.” Lc: 18, 14
¡Y qué verdad tan grande! La vida se encarga de que muchas veces a fuerza de golpes entendamos como vivir la auténtica relación con Dios y con los demás. A pesar de haber nacido la mayoría en sociedades “cristianas”, los valores del evangelio han quedado subyugados y han prevalecido la búsqueda de la apariencia, de los puestos más altos a costa de quien fuera, el bienestar, el alcanzar un estatus…
Poco a poco, nos vamos quedando con lo que vale la pena, lo que nos produce la auténtica felicidad, el reino que Jesús nos trae y hace realidad delante de nosotros.
Carmen Notario, SFCC
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La insistencia en la oración y en la constancia del día a día nos exige una actitud de humildad, serena y confiada en el amor fiel y amoroso de Dios, por eso nuestra actitud, no es hacer juicios, sino tratar de vivir en humildad, y con total confianza en que nuestra vida está en las manos de Dios, u él tiene cosas buenas para nosotras y para los y las demás