unrecognizable ethnic tourists in agricultural field with growing rice

El que entre por mí encontrará pastos

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Escuchaba un día de estos un discurso largo en TickTok del expresidente de Estados Unidos, Bill Clinton, a propósito de los recientes ataques  verbales de Trump al papa León XIV, y la repuesta que éste le transmitió.

Lejos de meterse en valoraciones sobre ideologías o posturas políticas, Clinton se remonta a la vigilia de oración por la paz que lideró León XIV en el Vaticano el 11 de abril.

“Basta de idolatría del ego y del dinero, basta de exhibición de poder, basta de guerras” clamó el papa, señalando a los “señores de la guerra” como sujetos que solo buscan el poder, el enriquecimiento propio y que en lugar de liderar se aprovechan de su cargo y oprimen a aquellos a quienes están llamados a servir.

Sabemos por la prensa los improperios de Trump y sus ridículas imágenes presentándose como “salvador”; imágenes que han indignado a muchos cristianos, y que está teniendo un recorte real en su popularidad en medio de los votantes católicos que hicieron posible su elección.

También estamos siendo testigos en nuestro país en estos días, de las luchas entre partidos políticos por la aprobación de la regularización de emigrantes. La manera de acercarnos a cuestiones que tienen que ver con los derechos humanos, nuestras posturas, nuestros argumentos nos delatan, nos dicen donde están nuestros verdaderos intereses que es lo que realmente nos importa.

A pesar de los siglos transcurridos, del progreso, de la evolución…a pesar de más de 2000 años de cristianismo en el que reconocemos a Jesús como nuestro maestro y líder, necesitamos volver al evangelio para contrastar nuestras actitudes con las suyas.

Solo hay dos posturas posibles. Aquellas que los y las discípulas ven en Jesús y nos hablan de ellas en el evangelio de Juan que hoy hemos oído proclamar; o la de los dirigentes explotadores que usan la violencia para someter al pueblo manteniéndolo en un estado de miseria.

Hoy hay otro modo más sutil de dirigirse al pueblo. Muchos dirigentes claman que los primeros y los más importantes son los que pueblan esa tierra desde hace más tiempo. Señalan a los que van  llegando como posibles ladrones y bandidos. ¿Qué tipo de liderazgo es ese? ¿No es más bien una manipulación? ¿Cómo puede un líder de la Iglesia apoyar semejante aberración? ¿Desde cuando somos dueños de la tierra que pisamos, que nos da de comer?

Algunos se comportan como si fueran dueños de la tierra y de los destinos de las personas en nombre de los gobiernos de sus naciones.

Toda esta realidad contrasta con el evangelio de este cuarto Domingo de Pascua.  

En  el Antiguo Testamento descubrimos a muchos que han intentado conducir al pueblo a un acercamiento real al Dios de la vida; un Dios que cuida, que provee, que alimenta.

Jesús es el camino, la verdad, la vida… reconoce la comunidad de Juan.

Pero Jesús no solo conduce, no solo guía. Desenmascara a quienes explotan y subyugan a la gente, en muchas ocasiones en nombre de Dios.

Hace posible que quienes  le escuchan descubran quienes son. Con esa fuerza ellos mismos recorren el camino que los lleva a la plenitud.  

Quien se encuentra con Jesús experimenta la verdadera liberación. Al oír su voz se reconoce como lo que es, y camina en la confianza de que le guiará hasta la vida que rebosa.

El tema de este domingo nos cuestiona profundamente nuestras ideologías, nuestros posicionamientos y sobre todo nuestros estilos de vida. Es una llamada a vivir una vida congruente con mis convicciones.

Carmen Notario, SFCC


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