Pagamos un alto precio por nuestra privacidad

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Hablando con algunas de vosotras al final de este verano sobre este curso que ya empieza, pero sobre todo del proceso personal y comunitario del seguimiento de Jesús, salía el tema de la comunidad.

Es evidente que el evangelio solo se puede vivir desde la dimensión comunitaria y que resulta chocante el querer vivir los valores del evangelio, el crecimiento espiritual desde una visión puramente individual.

Claro que esta mentalidad es fruto de una era que está tocando a su fin, porque muchos de sus principios nos conducen al fracaso, no solo como humanos sino como comunidad de la Tierra que hoy grita desesperadamente que necesitamos los unos de los otros.

Los adultos “mayores”, procedemos de ambientes en los que la familia y la comunidad: vecindario, parroquia, pueblos y ciudades marcaban profundamente el comportamiento moral; muchos de los principios que se nos obligó a seguir tenían que ver con lo que podían pensar “los demás”.

El cambio radical que experimentamos con la llegada de la democracia, de la libertad de expresión, de la implantación de los derechos humanos de la segunda mitad del siglo XX, nos hicieron valorar el libre pensamiento, la individualidad, el “hacerse a uno mismo”, dejando de lado aquello que nos había atrapado en nuestra niñez y adolescencia.

Sin embargo, todo ello llevado a un extremo, como pasa con la ley del péndulo, nos sitúa ahora en un momento en el que nos encontramos “perdidos” porque nuestra estructura es comunitaria, nuestra vida depende de la vida de muchos otros seres y nuestra religión es relación: con Dios, pero también con los otros-as.

La comunidad, aquellas personas con las que elegimos caminar en el seguimiento de Cristo y en el “hacer reino”, son la familia que nos acompaña y a la que acompañamos.

El sentido original de acompañar es “compartir el pan” o caminar junto a alguien, lo que en un sentido emocional o social implica ser parte de la vida de la otra, escuchar sin juzgar y ofrecer apoyo mutuo.

Nos bastaría este último párrafo para hacer una reflexión profunda sobre mi compartir, caminar, escuchar sin juzgar, ofrecer apoyo, sobre todo con aquellas personas con las que he hecho mi compromiso.

¿Por qué muchas veces nos sentimos bloqueados, atascadas, nos da la impresión de que no avanzamos en nuestro proceso de seguimiento? ¿No será que vamos demasiado “solas”, a nuestro aire? Pagamos muy alto el precio de la privacidad, el “hacerme sola”.

Para que la comunidad sea el lugar donde se potencian las capacidades de cada persona, se tiene que poder  hablar de las desavenencias, de los malentendidos, de las diferencias en los puntos de vista o maneras de hacer las cosas; se tiene que cultivar la confianza que nace de la sinceridad, del mostrarme tal como soy, y del aceptar a la otra persona tal y como es.

La segunda lectura de este próximo domingo 13 de septiembre dice así

“Hermanos/as:

Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que, ya vivamos ya muramos, somos del Señor. Pues para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de muertos y vivos.” Rm 14: 7-9

Pablo nos habla de una entrega de Jesús en su vida y después de su muerte para que nosotros tengamos vida plena.

Quien sigue a Jesús no puede vivir para sí mismo ni en sí mismo, sin mirar a los otros. No es cuestión de  ser una persona solidaria, sino de una donación absoluta como la de Jesús. El reto del seguidor de Jesús es “desvivirse” por los demás.

Para eso hay que recuperar un diálogo sincero entre nosotras. La comprensión sincera que sabe mantener lo esencial y sabe ceder ante lo que no es tan importante.

¿Por qué nos cuesta tanto exponer lo que vemos o sentimos? ¿Por qué optamos por el “respeto” a la otra persona cuando nos parece que va por un camino equivocado o que se está engañando a sí misma? Tenemos miedo a perder la amistad, a que su amor propio se vea herido y le vuelva contra mí.

La comunidad, si le dejo, me ayuda a desenmascarar mis egoísmos, mi orgullo, me ayuda a conocerme y a ver aspectos de mi vida que sola no veo.

“La Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos; penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y los tuétanos, y es poderosa para discernir los pensamientos y las intenciones del corazón”. La comunidad que se deja guiar por la Palabra adquiere ese poder que reconstruye, sana y hace revivir.

Muchas veces preferimos grupos en lugar de comunidades. Montamos grupos de discusión, de acción, que tienen que ver con proyecciones hacia afuera; la comunidad es mucho más profunda y comprometida. Como decíamos, es la familia que elijo para vivir mi seguimiento de Cristo. A ella me entrego con todo mi ser y ella a la vez me devuelve mi yo transformado en Cristo.

Ánimo, no tengamos miedo, merece la pena…

Carmen Notario, SFCC


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