¿Sé recibir?

 

Open Hands --- Image by © Royalty-Free/Corbis

Nos han educado para dar, ayudar, en el mejor de los casos. Hay mucha gente auto centrada que no sabe dar porque no le dieron en su infancia la gratuidad del amor incondicional, por muchas y no poco importantes razones.

 Esa ausencia se arrastra siempre. Sabemos por muchas experiencias cercanas que esas personas son un pozo sin fondo. Cuanto más te das y les das, más reclaman. Las personas que tenéis hijos adoptados sabéis de primera mano del tema, no me atrevo ni a rozarlo, pero se me antoja que puedo, con cierta ingenuidad, establecer un paralelo.

Un hijo e hija sano de una familia normal, con sus más y sus menos, pero con cariño de fondo, sabe que tiene unos derechos y unos deberes con su familia, con la sociedad, con el planeta. Esa responsabilidad se hereda, lo que vemos que valoran nuestros mayores, se convierte en un valor, lo que critican… Un hijo o hija inmaduro crea una situación muy polarizada, que es lo que demanda su carencia original de amor gratuito. Nunca llega a tener suficiente.

A muchos y muchas de nosotras no nos educaron en una religión de amor, cariño, donación gratuita de un Dios encarnado en las personas que nos hablaban de él. Para mucha gente Dios era igual a una iglesia con sacerdotes más o menos agradables que predicaban siempre con cierta exigencia y reproche hacia todo lo placentero de la vida. Más que de Jesús y su movimiento se predicaba una moral y ética tirando a estrechita y cerrada.

Los más jóvenes dirán, a mí eso ya no me tocó, genial. Quizás te tocó la época, no agotada, de la llamada a “servir”, a dar tu tiempo, tus talentos, tu dinero si se daba el caso…por interpretaciones ligeras de textos como el Joven Rico, la llamada a dejarlo todo, dárselo a los pobres y seguirle…otro texto súper impactante de esta época fue la parábola del Buen Samaritano…maravilla de maravillas de texto, pero para muchos de nuevo motivo de “tengo que…”

¡Ojo amigas! No vaya a ser que nos perdamos ser hijas e hijos directos, herederos y partícipes de todo lo que es la Vida, las vidas, el amor en todo y prefiramos el rol de “hijos que no recibieron amor” y sigamos  con la imagen de un Dios a quien hay que contentar dando, sirviendo… y como las situaciones sociales no sólo no cambian sino que empeoran con el cambio climático y las guerras que originan éxodos de incontables personas a la intemperie, nos podemos quedar con una experiencia tan empequeñecida de dios, que lo pongo en minúscula porque no es el Dios de Jesús, sino el de bolsillo que más o menos manejamos.

El gran tesoro del evangelio es saber recibir. No es esforzarse para…es dejar que todo fluya y con mucho respeto no interrumpir ese flujo de vida de Dios en las comunidades que constituyen el cosmos. Observar con mirada contemplativa la naturaleza nos habla tanto del dejar fluir, y la belleza profunda de todo cuando no lo manipulamos: un bosque en otoño, al atardecer, con el juego de luces y sombras juguetonas entre los árboles. Estos, encantados, forman comunidades de hojas que brillan o no, según les dé la luz, y todo es bello y armonioso.

Y nadie se queja porque brille más o menos, están en su sitio, con dignidad  y dejándose hacer.

Una playa, con arena y con rocas que recibe las olas, pausadamente, sin que nadie pueda apretar un botón y decir y ahora más de prisa, o más alta… ¡no! la belleza y el efecto armonioso en la naturaleza radica en que reciben la energía para fluir y no la manipulan.

Todo lo importante en la vida no se consigue con esfuerzo, se recibe.

Como le dice Jesús a Nicodemo, ¡chico! Como no nazcas de nuevo… como no cambies el chip, como no te dejes empapar de la gratuidad, bondad, ternura, confianza que Dios, la Ruah, deposita en ti…no lo pillarás, por mucho que hagas, te esfuerces, madrugues o des…no va por ahí, se trata de que te quedes quietecito para que descubras lo que se te ha dado y se te da.

No me refiero sólo a cualidades naturales, que también, pero sobre todo, me refiero a la magia de vivir el presente, con todo lo duro o difícil que pueda ser, con una actitud de recibir. Recibir lo que hoy me da Dios, para vivir con respeto, con alegría, con solidaridad mi vida. Descubrir el regalo continuo del universo, en mis manos, a través de mi capacidad de cambiar las cosas en positivo.

Nosotros no somos dueños de nuestro destino, se nos regala cada día, una nueva posibilidad de “entrar en el Reino” (Juan 3,5), de entrar a formar parte de una comunidad cósmica donde la única regla es el amor gratuito y el respeto. Esta es nuestra herencia.

En la clase de Neerlandés a la que asisto en Lovaina, estoy rodeada de caras dulces de mujeres del mundo árabe: Siria, Irak, Marruecos, Egipto…junto con otros y otras. Me fijo en ellas, no han perdido la dulzura en su sonrisa, en su atención a saludar, a ayudarme porque saben más que yo que acabo de llegar. No han perdido su dignidad a pesar de todo lo que habrán sufrido. Son mujeres jóvenes, llenas de vida, posiblemente musulmanas, me siento cercana y parte de un colectivo que acoge porque ha sido acogido. Agradece, porque han recibido ayudas…pero sobre todo son capaces de sonreír y saludar, donde otros y otras vuelven la cara, porque han sabido recibir.

Los y las que lo tenemos todo, nunca tenemos suficiente. Cuando estás a la intemperie, todo es regalo. Llegamos a Lovaina después de 1.400 kms en nuestro viejo corsita, y llamamos a una puerta, una hermana, simpática en un español medio mezclado nos dijo “hola, hermanas”. No nos había visto en la vida, ni siquiera sabía si era verdad que éramos lo que decíamos ser. Y esa comunidad de mayores, tres mujeres de aquí, sólo una hablaba algo de español, nos acogieron en su casa.

La experiencia fue súper gratificante, nos reímos un montón. Les encanta la cerveza a los y las belgas, así que por la noche, había casi siempre alguna excusa para celebrar con cerveza o la más abuela con Campari. La sencillez, el compartir, la risa y el esfuerzo de ellas por ayudarnos a encontrar apartamento, con detalles de madre: guardarnos sopa si no comíamos con ellas, porque sabían que nos encanta…risas y números de teléfono para que nos sintiéramos acompañadas y apoyadas…ellas no sabían que nos daban vida, pero gracias a ellas estuvimos como en casa, porque a fuerza de desinstalación hemos aprendido a recibir.

Qué maravilla cuando recibes, sobre todo, cuando no le pones precio a nada, y descubres que todo, todo es regalo. No puedes alargar ni un minuto tu vida, pero sí puedes alargar enormemente el gozarla. Para ello, venga, no seas tan serio “aprende a recibir”.

Una hermana de nuestra nueva comunidad por razones hereditarias de un problema de corazón congénito ha estado tres veces a punto de morir, incluso en coma…la vida, energía, fuerza, vitalidad, con que esta mujer vive la vida normal me ayuda a entender el gozo de saber recibir lo que se te regala. Sobre todo si vives con la amenaza continua de que puedes perderlo.

¡Impresionante como cambia la perspectiva! Todavía podemos aprender, hoy mismo. Recibe con cariño estas palabras. Siempre son un regalo nuestro, gratuito, fruto de horas de oración y vida. Para ti. Hoy de nuestra parte.

Gracias por recibirnos en tu casa, en tu pantalla. Un honor.

Magdalena Bennásar Oliver

(Para los belgas y holandeses Magda, así les suena más y me reciben mejor…un lujo)

 

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