Silencio ante el dolor

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Estos días conmemoramos en Europa el 100 aniversario del armisticio de la Primera Guerra Mundial. Tengo que confesar que para mí hasta este año me sonaba a un gesto frío de conmemorar un acontecimiento del que ya no hay supervivientes prácticamente.

“Es difícil comprender que unos 65 millones de hombres, se movilizaron en las fuerzas terrestres, marítimas y aéreas entre julio de 1914 y el 11 de noviembre de 1918, el día en que se detuvo la masacre con un alto el fuego que se produjo en un tren, oculto en el bosque francés de Compiègne.

Al final de la guerra, 8,5 millones en las fuerzas armadas habían muerto y 21 millones habían resultado heridos. Unos 7,7 millones más fueron reportados como desaparecidos, y presuntamente muertos, o mantenidos como prisioneros.

Diez millones de civiles murieron por hambre, privaciones, enfermedades y bombardeos. Millones más se unirían a ellos cuando la gripe española cruzó las fronteras y se cobró aproximadamente 8 millones de vidas solo en Europa durante el conflicto.”

(Traducido de Patricia Lefevere, en”100 años después del armisticio de la  I Guerra Mundial, recordando el coste humano que eso supuso”, (National Catholic Reporter)

Tengo que confesar que el estar este año en Bélgica, un país tan tocado por esta guerra, me ha hecho ver la historia de una manera muy diferente. Esa visión raquítica de que lo que no ocurre en mi país ni directamente a “los míos” no me afecta no puede estar más lejos de la realidad.

Ni el tiempo ni el espacio nos alejan de una historia relativamente reciente que tiene una conexión directa con lo que estamos viviendo hoy. El sábado día 10 un grupo de expertos del mundo de la política, de la antropología y sociología y también desde la teología, nos hablaban no solo del pasado sino del presente y el futuro con respecto a los conflictos actuales, la práctica de la no-violencia y la conciencia cada vez más clara de que tenemos que deshacernos del armamento nuclear y muchos países ya lo están implementado.

Por la tarde acudíamos a Abdij van Park, una abadía a las afueras de Lovaina, por cierto, Lovaina fue una ciudad muy golpeada tanto a nivel de construcciones, destrucción de cultura como de muerte de civiles. Los alemanes que destruyeron el reloj de esta Abadía premonstratense, que está hoy en día siendo rehabilitada, han regalado un reloj de carrillón que suena con gran nitidez.

Además de visitar una exposición sobre las tres grandes religiones y la violencia practicada de unos para con los otros sobre todo por desconocimiento e interpretaciones gratuitas, tuvimos la ocasión de adentrarnos en la poesía y la música compuestas durante y después del conflicto creada por personas que sufrieron muy de cerca las consecuencias de la guerra.

Acabamos el día con unos momentos de silencio, en el cementerio de la Abadía, recordando a tantas personas que sufrieron y murieron…Adiós a toda una generación.

Parece mentira que tan solo 20 años después se produjera otra guerra a nivel europeo. Por supuesto que no podemos olvidar que hoy los muchos conflictos bélicos que se cobran miles de muertos y que están originando la emigración masiva de pueblos, está en gran parte orquestada por los países poderosos que no envían a sus hijos a la guerra, ni los cuentan como bajas, pero son nietos y biznietos de aquellos que murieron hace 100 años. ¡Qué rápidamente se nos olvida el dolor humano cuando no es el nuestro!

Esto me trae a la memoria una anécdota que ocurrió hace unas semanas volviendo de Bruselas en el tren hacia Lovaina. Nos habíamos puesto de pie para bajar y de repente vi a una mujer joven enfrente de mí llorando con mucho dolor, sin hacer ruido mientras escuchaba un mensaje o a alguien que le hablaba por teléfono. Se había tapado la cabeza con el gorro de su abrigo y lloraba sin emitir sonido.

A nuestro lado había tres mujeres de una misma familia: la abuela, la madre y una niña de no más de 6 años. Fue ella la que reparó en el llanto de la joven y mientras su madre y abuela hablaban alto y haciendo ruido se volvió hacia ellas haciendo un gesto con el dedo en los labios para que se callaran.

Una niña nos hablaba del “respeto”, del mirar atentamente al dolor del otro y callar. No hacer ruido innecesario, no dejarnos llevar por lo trivial ver más allá de lo mío y mi pequeño mundo.

Por supuesto ellas ni le vieron ni le prestaron atención. Eso no iba con ellas. Así que la niña volvió a mirar a la joven y al ver que seguía llorando volvió a intentarlo haciendo el mismo gesto.

A mí me sirvió su sensibilidad. Para captar el sufrimiento del otro tengo que callar y mirar atentamente. Y si no puedo hacer nada más acompañaré a la otra persona con mi mirada silenciosa.

Cuando el dolor, el sufrimiento es muy intenso quisiéramos que el mundo se parara, no podemos comprender cómo todo sigue como si nada. Yo no puedo parar una guerra, un conflicto internacional, pero sí puedo consolar al abatido, respetar su dolor y luchar con todo mi ser para que el sufrimiento de los que tengo cerca experimente el bálsamo de mis manos, de mi mirada, de mi escucha y de mi palabra: unas veces de aliento y otras de la denuncia al dolor causado por la injusticia.

Carmen Notario

 

 

 

 

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