Escultura de Asunción Gomila
Predicar con las manos, moldear con barro, arcilla y piedra lo que caldeaba en su corazón.
Está entre la vida y la muerte, le cuesta el parto para nacer a la otra orilla. Seguramente está jugando con el barro que se va encontrando y necesita un poco más de tiempo para darle forma, ahora ya sólo con su corazón. La medicina la ha sedado, pero no el Espíritu. Sigue viva, esculpiendo, soñando, dando forma a imágenes que en los cinco continentes acompañan desde hace más de 50 años las largas horas de oración de la comunidad y de todos aquellxs que la visitan.
Cuando la conocí era mi formadora y un torbellino. A las jóvenes nos encantaba Asunción, alta de grandes ojos verdes y siempre cercana, bromeando, creando, abarullada como buena artista, quitando hierro a la seriedad de una comunidad que tenía que encauzar a más de 20 mujeres jóvenes, mayoría universitarias, que ese año habíamos dejado carreras y familia para seguir a Jesús.
Como todas las comunidades al principio sin demasiados corsés canónicos, estábamos, de alguna manera explorando formas nuevas de vivir nuestra consagración, palabreja que al principio chirriaba en nuestros oídos acostumbrados a la canción protesta, a las manifestaciones…para liberarnos de la influencia implacable de un franquismo agonizante.
Algunos obispos vieron el potencial de aquella comunidad incipiente y la apoyaron. Teníamos que orar y predicar, sí, las mujeres, las jóvenes, y el fuego que las largas horas de oración encendía en nuestro corazón apasionado sigue ardiendo, en diferentes formas a lo largo y ancho de diferentes ramas y países.
Y siempre, siempre, acompañando nuestra oración, una imagen de un Crucificado vivo, que parece hablar contigo, o de María de Nazaret una aldeana que camina hacia el pueblo con su paso decidido a la altura de la mirada de la persona, viva, presente.
Fue Asunción, ella creó un estilo que marcó y seguirá marcando una espiritualidad que está viva.
Predicaba con sus manos ásperas de tanto barro y piedra, pero tiernas porque proyectaban lo que había contemplado en su corazón en sus largas noches de trabajo, sola, en la capilla con su Amado. Allí ella gestaba el fruto de su Amor.
Sólo conviví con ella unos cortos meses, pero aprendí, aprendí más que de muchos libros de teología o de largas prédicas, a veces infumables de quien sin talento, habla y no sabe como acabar.
Pero ella tenía talento y gracia. Y sin ser comprendida a veces, porque había que “predicar” seguía fiel a su corazón “escúlpeme para que me conozcan”.
Tal vez gente que lee estas líneas nos recuerde en muchas facultades de España, a finales de los 70 y principios de los 80; forramos las facultades de anuncios , con letras y estilo de Asunción, de conferencias y charlas y pascuas…que íbamos ofreciendo, y de donde mucha gente, en un momento de iglesia en transición, pudo intuir la iglesia de Jesús que un puñado de gente joven, ilusionada hasta la médula, íbamos compartiendo con cientos de jóvenes que nos miraban asombrados y curiosos.
No tengas miedo Asun, en la otra orilla te espera tu escultor que te tiene preparada una sorpresa y esa no es de barro. Ya nos contarás.
Gracias por tu vida en nombre de muchas que aunque no sigamos en la comunidad, seguimos con un carisma, don del Espíritu para el mundo de hoy. Tu libertad de espíritu nos enseñó a ser libres.
Predicar con las manos fue tu don. Ojalá descubramos y acompañemos a descubrir el don único, ese que nos hace especiales y únicas y que el mundo necesita con urgencia.
Marchas pero seguirás presente, siempre, a través de tu obra.
María Magdalena Bennásar Oliver, sfcc
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