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Han sido días intensos de conferencias, retiros, encuentros. Así es el tiempo de verano. Aprovechamos para encontrarnos y acogernos.
¿Y la Tierra? ¿Tiene ella su tiempo de descanso, su tiempo de encuentro y nutrición? Dejo esta pregunta abierta, porque lo que me inquieta no es encontrar respuestas sino la reflexión seria sobre los derechos de madre Tierra, ya que los deberes los tenemos claros, a pesar del error histórico en el que nos educaron. Creemos que su deber es darnos todo sin límite, pero sus derechos se ven mermados, como los de la más pobre entre las pobres.
Es precisamente en estos tiempos de descanso cuando las personas más salimos a la naturaleza a disfrutar de ella. Parece que está hecha a nuestra medida: para unos es la playa con todos los deportes acuáticos; para otros el bosque o el monte y nadar en los ríos y disfrutar del campo paseando.
También es tiempo de recoger los frutos que con el calor han madurado y nos alimentan y deleitan con sabores, vitaminas, colores refrescantes que nos cuidan, miman nuestra piel en ese tiempo de más exposición al sol y de posibles deshidrataciones por el fuerte calor.
Escucho y leo bastante de personas que valoro sobre la hospitalidad. Tema que es también el carisma de grandes congregaciones que lo practican con esmero y con dedicación impecable.
¿Y la tierra? Llevo días orando con el tema de la hospitalidad de la Tierra con nosotras y nosotros, los humanos. Creo que en general damos tan por supuesto que la Tierra es de nuestra posesión que por ello la ocupamos y explotamos según nuestras necesidades y capricho.
Sólo últimamente, gracias a personas que nos abren los ojos del corazón, voy percibiendo que es posible nuestra existencia humana sobre el planeta, nuestra presencia- desde hace sólo unos miles de años- como un regalo.
Estamos gracias a la acogida y hospitalidad radical de madre Tierra. Todo es regalo, nada nos pertenece.
Nada nos pertenece porque estamos de paso. En el lugar donde estoy pasando unos meses, revivo la presencia de los mayores de mi familia que no hace tanto ocupaban las habitaciones que yo ocupo ahora, y paseaban por los mismos parajes.
He visto desaparecer, en pocos años la generación de mis mayores, persona a persona, día a día, como también vemos en nuestras congregaciones.
Y otras ocupamos sus espacios. Un tiempo. Luego, otras. Estamos sólo un tiempo, en un lugar que nos acoge y regala todo.
Aquí en la Tierra, en el planeta que nos acoge estamos de paso, y durante este tiempo convivimos con todo, tal vez sin ser plenamente conscientes de ello.
Y la Tierra nos acoge; con toda su sabia complejidad nos hace hueco. Nos deja ser libres y andar y nadar y escalar y vivir a nuestras anchas sobre su espalda y en su regazo. Y nos ofrece su hospitalidad más genuina.
Tanta hospitalidad que nos deja sentir y creer que todo es nuestro, y que lo tendremos siempre ahí, todo, para nuestro uso y abuso.
Nos dicen que cuidemos de nuestra huella ecológica, porque de ella depende la salud del planeta. Y me da la impresión de que cuando nos hablan así miramos un poco para otro lado porque el tema nos supera y tal vez no sabemos por dónde empezar.
La hospitalidad del planeta es total, pero el uso que hacemos de ella puede ser significativo para el futuro ya inmediato de su salud.
Hace unos días regresé de acompañar a 44 religiosas españolas en su retiro largo de verano. Muchas de ellas han vivido en África y algunas en Paraguay, ambos lugares donde la congregación tiene fundaciones.
El compartir de final de retiro fue muy especial. Ese día último estuvimos orando con el voto de pobreza enfocado en dos dimensiones: la personal con sus implicaciones de justicia, solidaridad, vaciamiento para la disponibilidad al amor y también en la dimensión del planeta. El compartir experiencias de la explotación de madre Tierra se contagió entre las hermanas.
Una hermana, cuyo relato fue el que más me impactó, nos contó como en sus años de estancia en Paraguay había sido testigo de cómo el abuso del agua había causado que se secase el mayor acuífero del mundo. Desviaron la ruta natural del agua de la que se nutría el acuífero para usarla en regadíos ilegales. Esto causó que se quedara completamente seco.
También nos contó como la gran tala de kilómetros y kilómetros de bosque para sembrar soja o maíz está provocando una tremenda y dolorosa desertización en la zona, debido a la eliminación del bosque con sus raíces y humedales, con su sombra y sus nutrientes.
Ese maravilloso conjunto de árboles entrelazados en sus raíces, cuidando unos de otros, atraía a hermana lluvia que penetra todo, como leche materna, nutriendo y facilitando la vida.
Somos el proyecto de Dios nos dice San Juan en su prólogo, Juan 1, 1 ss. ¿Cómo podemos herir de muerte a la madre que nos da la vida, también ella proyecto de Dios en continua evolución?
Me impresiona recordar que la mayor parte del trabajo de cuidado y trabajo de la tierra se hace “de rodillas” ante la planta o el surco.
Ahí experimentamos en vivo y en directo como la tierra nos acoge, recibe el trabajo de nuestras manos, acoge la semilla, colabora ofreciéndonos sin condiciones su vida, y esta hospitalidad hace posible que todo siga, que la vida continúe; que haya pan en nuestras mesas y agua en las mil maneras en que la usamos.
“De rodillas” ante el surco abierto, o ante la planta que nos ofrece su fruto; “de rodillas” ante la vida de Dios en nuestras manos, permeando todo lo creado de su bondad e intrínseca sabiduría.
Si esta actitud del corazón, “de rodillas ante…” estuviera presente en las personas, todo cambiaría.
La tierra me ofrece su hospitalidad radical, desde siempre y sin condiciones, y yo persona humana me inclino y de rodillas colaboro con ella, en una oración, en una suma de capacidades y talentos recibidos que nos permiten ofrecer alimento y hospitalidad a todos, animales, plantas y humanos.
Es en ese jardín original donde el Jardinero se arrodilló ante el humano y le insufló su aliento.
A ti te lo pedimos, aliento, Ruah de Dios, te lo pedimos “de rodillas”, danos otra oportunidad, como cuando nos la diste con Jesús que nos abrió surcos y senderos nuevos.
Cuando él llegó la tierra se empoderó y nos regaló el otro jardín, donde invitó a la nueva esposa, encargada de cuidar de todo y de todos, a girar la cabeza, a darse la vuelta, a dejar el surco de la tumba para mirar el surco de la vida. (Juan 20,16)
“De rodillas”, de la mano de mujeres, muchas de nosotras con marcas en nuestras rodillas de tanto usarlas para rezar, para sembrar, para levantar del suelo y devolver dignidades.
Son esas marcas en las rodillas de tantas mujeres crucificadas por un trabajo explotador las que madre tierra quiere acoger en su amorosa hospitalidad para curarlas con sus productos y sus frutos que son el regalo de la madre que nos sana y libera.
Gracias madre Tierra por tu radical hospitalidad. Deseamos seguir trabajando “de rodillas” ante ti y ante las más desfavorecidas del planeta.
Magda Bennásar Oliver, sfcc
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