Foto nuestra
Texto: mujer adúltera Juan 8,1-11
¿De qué tenemos miedo? ¿Qué hay de nosotrxs mismxs que no nos gusta y que cuando lo vemos en otros lo condenamos?
Celos entre hermanxs, envidia entre amigos, en el trabajo, discusiones por herencias…y nos podemos pasar mucho tiempo de nuestra vida en esa coyuntura incómoda, que crea conflicto emocional y moral.
Los sicólogos nos dicen que proyectamos nuestra sombra, ese lado oscuro de nosotrxs al que mantenemos a raya, como si no existiera porque no nos gusta, y sin embargo al reprimirlo sale de otro modo, se proyecta en forma de sombra, de algo oscuro, no claro, no bueno.
La oscuridad se termina al encender una luz, una simple cerilla que alumbra para quitar fantasmas imaginarios, miedos que desaparecen con la luz.
Lo que queremos es mantener la imagen de nosotros mismos que nos hemos fabricado, una que nos gusta y en la que nos encontramos cómodas, y cualquier cosa o persona que roce o critique esa imagen, nos desequilibra, porque dejamos de hacer pie en la imagen que creíamos proyectar de nosotros.
Ante el desequilibrio que sentimos, si nos cuestionan o corrigen algo, atacamos, proyectamos, juzgamos o como Jesús en el texto de hoy, tal vez nos agachamos.
¿De qué estoy hablando?
Acabamos de escuchar la narración de la mujer llamada adúltera.
Nos dicen los biblistas que según su Ley religiosa, la Tora, también el hombre con quien se la encuentra es adúltero, sin embargo, en nuestro texto de hoy, no se menciona esa ley que encontramos en Levítico y en Deuteronomio, nadie dice nada.
Silencio cómplice que ya nos indica mucho de lo que sigue ocurriendo en el mundo, con respecto a la injusticia contra las mujeres.
-Por eso hoy, nosotras alrededor de la cruz ponemos un signo femenino -un fular- una prenda que arropa a miles de mujeres en el mundo de tantos fríos: de la indiferencia, incluida la de la iglesia institución, del abuso, de la explotación, de la violación de su cuerpo y de sus derechos, de la culpabilización…
Hoy quien es condenado y está en la cruz es la mujer.
Toda la furia patriarcal se proyecta contra la mujer. Como casi siempre, incluso hoy en numerosas sociedades y países, incluso en la iglesia institución, la mujer tantas veces ninguneada, invisibilizada, culpabilizada por provocar al hombre, por no ser sumisa, por…
Hasta hace poco era aceptado que el hombre pudiera tener sus desahogos con otras mujeres, sin embargo al primer atisbo de infidelidad o sospecha de la mujer, toda la furia cae sobre ella, hasta quemarlas vivas o simplemente matarlas a golpes.
Esa casi lapidación que vemos en el texto hoy lo llamamos feminicidio. El hombre patriarcal considera a la mujer de su propiedad y proyecta en ella toda su oscura sombra.
El texto es muy potente. Jesús viene de orar en su rincón del monte de los olivos, donde amparado por los árboles y las estrellas está con su Abba, ahí nutre su alma de una Ley distinta, de un Dios que removerá los cimientos del Dios del Templo.
Y justo a ese lugar, el gran Templo de Jerusalén, se dirige al amanecer. El texto huele a Resurrección, a un nuevo modo de relacionarse con Dios, a un nuevo Templo. Allí Jesús enseñaba lo que acababa de orar, por eso era cálido, no eran normas, era vida. Después de una larga noche, o tiempo de oscuridad, orando, al amanecer, como en el jardín, nos comunica una vida nueva.
Y viene el enfrentamiento, la prueba parecida a la tentación del desierto donde el diablo le pone a prueba, aquí serán los que representan la Ley quienes lo enfrentan: los letrados y los fariseos.
“pero Jesús, inclinándose hacia abajo, escribía con el dedo en la tierra”. Ellos le insisten y les dice “quien esté libre de pecado que tire la primera piedra” y vuelve a inclinarse escribiendo en la tierra.
* inclinarse hacia abajo nos recuerda un texto de Filipenses 2, 8: “siendo Dios, se abajó”.
Este texto nos da la pauta para conocer más y comprender al Dios de Jesús, desde abajo, en contacto con la tierra, con la realidad: ahí, en ese polvo-barro del que nos formaron, (Génesis) escribe una nueva ley.
Eso es lo que escribe, aludiendo a Ex 31, 19 donde dice que el primer conjunto de tablas de la ley, fue escrito por el dedo de Dios. Aquí y ahora, en silencio, frente a la mujer y a sus lapidadores hipócritas, Jesús está re-escribiendo la ley.
Y nosotrxs ¿A quién condenamos? ¿Con qué ley valoramos esa condena?
¿Qué condenamos de nosotros mismos? ¿Con qué ley nos condenamos o nos absolvemos?
¿Por qué sigue la furia contra la mujer? ¿Por qué el desprecio, la humillación, la condena?
Jesús, desde el suelo también de su propio juicio que le condena porque escribió otra ley con su vida, sigue agachado, a la altura de lxs más pequeñxs y vulneradxs.
Abajado por amor, mirando a la mujer con ternura, no la condena.
¿Dónde están todos? Se han escabullido, se esconden de su sombra. Soltaron la piedra asesina.
Lo maravilloso es que Jesús tampoco les condena a ellos.
¡Impresionante!
Si algo en ti condena a otrxs o a ti mismx, aprovecha ahora, para dialogar, desde abajo, desde el suelo desnudo de nuestra verdad, con el que no condena, pero no por ello se hace el blando.
Le dice a la mujer: vete, y a partir de ahora no peques más.
Jesús reconoce el pecado pero recrea a la hija de Dios que ha sido violada en su máxima interioridad, le querían lapidar en el nombre del dios del templo que ellos construyeron con ladrillos y normas, ahora, desde el suelo-humus de su verdad es mirada con los ojos del que la ama y la reconduce.
Tal vez soy yo mismx quien me condeno a vivir como siempre por miedo…y no me atrevo a mantener la mirada del que me saca a la Vida.
Invito a dialogar con esa mirada, con esa Verdad.
Magda Bennásar Oliver, sfcc
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Gracias por estas preguntas que nos interepelan, desde la mirada de Jesús que nos invitan a mirar nuestra manera de hacer juicios y también de como nos miramos y juzgamos a nosotras mismas