¿Ascender o descender?

Imagen de Sergio Cerrato – Italia en Pixabay

Para poder entender lo que significa la Ascensión de Jesús tenemos que entender que es una manera de expresar que su presencia física ya no está en la tierra.

Una cosmovisión es el conjunto de opiniones y creencias que conforman la imagen o concepto general del mundo que tiene una persona, época o cultura, a partir de la cual interpreta su propia naturaleza y la de todo lo existente.

 La cosmovisión antigua, especialmente influenciada por la antigua Grecia, fue una visión del mundo que se basaba en la observación, la razón y la creencia en un universo ordenado con la Tierra como centro.

Las cosmologías antiguas a menudo reflejaban una relación estrecha entre el mundo terrestre y el mundo celestial, con los astros influyendo en la vida humana y los fenómenos naturales. 

La cosmología en muchos pueblos indígenas concibe el universo como un cosmos tridimensional, dividido en tres niveles (cielo, tierra e inframundo).

El espacio-tiempo descrito por la física actual empezó justo después del Big Bang. Como lo entiende la ciencia, es un modelo que combina ambos conceptos como un único continuo inseparable en el que ocurren todos los fenómenos físicos del universo.

Todo esto para deciros que nos resulta imposible entender los evangelios, y dentro de ellos el pasaje de Lucas sobre la “Ascensión” de Jesús al cielo, desde nuestra mente configurada por la ciencia del siglo XX.

“Los condujo fuera hasta las inmediaciones de Betania y, levantando las manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y se lo llevaron al cielo”. Lc: 24: 50-51.

¿Y qué es, o dónde está el cielo? Nos preguntamos hoy. No vamos a entrar en ello como os podéis imaginar, pero lo que sí sabemos es que no se trata de “un lugar” ahí arriba más allá de las estrellas, en el espacio infinito. Tampoco tenemos la misma concepción del tiempo que tenían “ayer”. Nosotrxs entendemos que el pasado, aunque nos configura, ya no existe. El futuro tampoco existe, aunque mantiene viva nuestra esperanza y nuestra ilusión; y lo que realmente tenemos es el “aquí y ahora.”

“Mientras miraban fijos al cielo cuando se marchaba, dos hombres vestidos de blanco que se habían presentado a su lado les dijeron:

_Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que se han llevado a lo alto de entre vosotros vendrá tal como lo habéis visto marcharse”. Hechos 1: 10-11

Y ahora, ¿hacia dónde miramos?, debieron decirse entre ellos.

Si el reino del que hablaba Jesús no tiene nada que ver con la restauración del Reino de Israel. Si se nos ha vuelto a reiterar la promesa próxima: “vosotros, de aquí a pocos días seréis bautizados con Espíritu Santo” Hechos 1: 5b. ¿Qué nos toca hacer? ¿Cuál es nuestra misión? Se debieron preguntar ellos y nos preguntamos nosotros veinte siglos después. ¿Hacia dónde dirigimos nuestra mirada, nuestros esfuerzos, nuestra ilusión, nuestra llamada?

No cabe duda que hacia la Tierra. La tierra que somos nosotrxs, aquello en lo que la tierra se ha convertido como producto de la evolución y que necesita no solo cuidado sino una transformación radical.

Cuando hablamos del cuidado de la tierra no nos referimos a una especie de sentimiento pueril de embelesamiento con la naturaleza, sino a una responsabilidad con la vida, no solo la propia, sino de la vida que se nos regala en sus múltiples formas.

Jesús nos dejó parábolas sobre la tierra, la semilla, la planta y el fruto, para que entendiéramos que las leyes naturales nos enseñan sobre nuestro crecimiento personal y en comunidad.

También nos enseñó a alimentarnos y a alimentar a los otrxs empezando por morir como el grano de trigo que se pudre en la tierra, pero que con el tiempo crece y con él hacemos pan que se multiplica cuando somos capaces de repartir y de repartirnos.

La gran parábola de Jesús es su propia vida, que se convierte en símbolo de Dios, identificándose con Él. “He venido para que tengáis vida y vida en abundancia.” Juan 10:10

Hoy, nuestros hermanos y hermanas indígenas, con su sabiduría ancestral nos recuerdan que tenemos que volver a “casa”, volver a la tierra que nos dio la vida, amarla, respetarla, no violentarla porque es la madre, la Pachamama, Gaia, un organismo vivo, un sistema complejo y autorregulado que mantiene condiciones aptas para la vida.

Estamos inmersos dentro de la civilización ecológica.  Para muchas personas esto implica un cambio de paradigma hacia una visión eco-céntrica del mundo, en lugar de una visión antropocéntrica. Esto implica adentrarse en las tradiciones filosóficas y religiosas y así dar forma a una ética del medio ambiente más amplia y a acciones de verdadera transformación.

Por tanto, más que hablar de “ascender” tendríamos que hablar de “descender” a nuestras raíces profundas, que nos vinculan con la tierra y con todo lo que nos constituye como civilizaciones, sabiendo que descender es para nosotrxs en este momento, bajar del pedestal al que nos habíamos subido, creyéndonos los reyes de la creación.

Carmen Notario, SFCC


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