EL RESUCITADO ES EL CRUCIFICADO

La imagen del Cristo de San Damian, que preside el texto, es un icono bizantino del siglo XII, famoso por ser la cruz ante la cual Francisco de Asís recibió la llamada a reconstruir la iglesia. Representa a un Cristo resucitado, no sufriente, lleno de luz para la paz y la misión. Te invito a “contemplarle”.

Estos días estoy traduciendo textos de religiosas ucranianas que “permanecen” en su país a pesar de lo que está ocurriendo. Su comunidad les ofrece la oportunidad de ir a otros lugares, pero ellas al discernir en su corazón deciden acompañar a su pueblo en este tiempo oscuro.

Las experiencias de estas hermanas me emocionan y me interpelan porque que veo atisbos de resurrección en su presencia en este este territorio de muerte alrededor y peligro de muerte continuos.

El ruido de las sirenas continuas y de las bombas cayendo cerca es su música sacra que las conecta con la humanidad inocente que sufre en sus carnes las consecuencias del más atroz de los enemigos: el ego no trabajado, inmaduro, celoso y violento.

Ellas me trasladan a los otros escenarios donde estos interminables días,, en las cunas de las tres religiones monoteístas, se están matando entre sí y destruyendo las vidas más inocentes y el patrimonio más sagrado de la humanidad.

Y, me pregunto ¿Cómo puedo celebrar y vivir la resurrección cuando media humanidad está en severo conflicto con unas consecuencias inimaginables en los cuerpos, mentes y espíritus de millones de personas?

También me preocupa mucho, por conocer la situación, algo que aunque no es una guerra declarada,-la violenta búsqueda de indocumentados en Estados Unidos- hace que las personas, cientos de miles, dejen de ir a trabajar, por miedo; dejen de ir a la iglesia, por miedo; dejen de ir al médico y fallezcan, sin atención, en sus casas, escondidos y horrorizados, por miedo. Los niños y jóvenes dejan de ir al colegio y a la universidad, por miedo.

El Resucitado nos indica que le encontraremos en esa Galilea. Tal vez muchas de las personas que leamos este texto no estamos en línea ni de guerra ni en peligro de deportación, pero sí estamos en la línea de seguidorxs de Jesús, de discípulxas que buscamos responder con nuestra vida a la llamada a ser portadoras de paz y consuelo para la humanidad crucificada.

Y de la mano de nuestras hermanas en Ucrania y en Belén y en la frontera mexicana, acogiendo, escuchando, curando, visitando, ungiendo…aprendo sobre su testimonio de “presencia profética”.

Es presencia profética aquella que parece que “no haces nada pero permaneces” en la línea de conflicto, acompañando sin demasiadas palabras ni argumentos. Ese estar “en silencio” a los pies de las cruces de nuestra humanidad hace posible que creamos en la resurrección: en la presencia viva del Amor en esas difíciles Galileas que nos toca vivir y acompañar.

También es “presencia profética” la del maestro y profesora agotado por la dificultad de mantener el equilibrio enseñando a jóvenes y niños de cada vez más difíciles y tantas veces descarados. Y “permanece” en lugar de tirar la toalla, y ese permanecer le honra en lo más profundo.

Es “presencia profética” la de tantas personas que luchamos por vivir y proclamar el evangelio en lugares donde dejó de ser moda y empieza a ser fastidio. Permanecer sin huir a otras dedicaciones más valoradas, es hermoso y dignifica el seguimiento, hoy casi de catacumba, en muchos lugares.

Es “presencia profética” la de tantas y tantas personas que cuidan de mayores en los múltiples y diferentes momentos del envejecimiento acompañando el dolor que ya no se quita, la pérdida de facultades que les hace más y más dependientes con lo que esto afecta al autoestima. Y sobre todo acompañando con paciencia la pérdida de la cabecita que les hace repetirse o dejar de conocerte,, o ambos.

Resucitar en Galilea, con los que sufren y también con los que disfrutan de posibilidades de estudiar para que el cambio climático sea más suave, de colaborar con asociaciones que trabajan por la paz y la justicia… Esos jóvenes son “presencia profética” cuando no nos reprochan que les dejemos un planeta enfermísimo y con respeto e inteligencia se dedican a “curarlo”.

La “presencia profética” se nutre en el silencio, a veces aburrido, pero fiel de tantas personas que sabemos que la resurrección se da a través de nuestras vidas impulsadas por el Espíritu de Jesús Resucitado que nos da ánimo para asumir el dolor y proyectar luz en las noches de tantas personas.

La vigilia de Pascua, el grupo que estábamos de retiro la celebramos en el jardín, simulando el jardín de la creación. Desde el cementerio de las hermanas de la casa de retiros, en plena noche, encendimos nuestras velas y, en procesión, desde el cementerio, invocando la ayuda de las hermanas que nos precedieron, nos situamos en el centro del jardín, donde el Abba, según el libro del Génesis, insufló aliento de vida a los primeros humanos.

Estábamos en profundo silencio, sumergidas en la noche, con una vela en las manos. Manos que el día anterior nos habían ungido con aceite y besado en nombre del que iba a ser crucificado por ser Amor. Tal vez no se veía pero se sentía la intensidad del momento en que, en comunidad, podíamos intuir en el alma la experiencia del Viviente, eso sí, atravesado por el dolor de la humanidad imperfecta.

Sí, Galilea es ese rincón donde tu vida toma sentido y fuerza y así, la va transmitiendo gota a gota, como transfusión de sangre del crucificado para la humanidad y el planeta que nos sostiene.

El resucitado es el crucificado.

Magda Bennásar Oliver, sfcc


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