Pasión por la vida

 

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La Pasión como “padecimiento” de Jesús está descrita en el evangelio en tan sólo unos pocos capítulos precedidos por su pasión por su Abba, por su pueblo, por todo ser humano, por la vida.

Jesús es un apasionado que no mide esfuerzos, palabras, gestos, enfrentamientos, cansancio, para expresar con todo su ser la pasión de su vida: devolver a cada ser humano su identidad más profunda: saberse hijo-hija de Dios y lo que esa realidad conlleva.

¿Por qué “devolver”? Porque esa identidad le es arrebatada a la persona en nombre de la  de la nación, de la cultura, hasta de la religión, y es sustituida por la opresión, el supuesto bien común, el servilismo.

No saber, no ser conscientes de nuestra verdadera identidad, es lo que nos hace en tantos aspectos de la vida sufrir y provocar sufrimiento a nuestro alrededor.

Tenemos la suerte de vivir en un momento histórico en el que se nos dice que somos los únicos seres del planeta que somos conscientes de que somos conscientes. Somos la conciencia del Universo y eso implica una responsabilidad enorme al igual que unas posibilidades incalculables.

Para ver la vida en toda su plenitud tenemos que verla tanto desde el macrocosmos como desde el microcosmos. Lo que nos ocurre a nivel personal se traduce a nivel de planeta y de Cosmos.

Desde los primeros años de nuestra infancia, vamos captando qué es lo que a los demás no les gusta de nosotros y lo vamos escondiendo, creando a la vez una máscara que la identificamos con nosotr@s mism@s y nos auto convencemos de que ahora sí que les gustaremos a los demás y nos admitirán mucho mejor. (Nuestro ego).

La inmensa mayoría de la gente va por la vida de la mano de este tirano “el ego”, que nos hace sufrir y hace sufrir a los demás porque nunca está saciado, ni contento, se alegra del mal ajeno y exige a los otros lo que no es capaz de dar ni de compartir.

Nuestro inconsciente aloja el dolor que provoca esa falta de aceptación de nosotros mismos a la vez que también aloja nuestra identidad, capacidades, cualidades…

Si queremos crecer, recuperarnos, hay que bajar a nuestro interior y “ganarle terreno” al  inconsciente: rescatar todo lo que nos constituye profundamente. Esta tarea no es fácil y no puede ser superficial: HAY QUE RECONSTRUIRSE Y HABITARSE.

Solo desde una base sólida de amor podemos enfrentar la vida. Si hay carencia, ahí se centra toda la atención de la persona; incluso el altruismo puede ser un escape. Si no existe una sana autoestima hay necesidad de reconocimiento y sentimiento de culpabilidad; y esa tendencia al perfeccionismo no es sino la otra cara de la culpabilidad y el sentimiento de indignidad. Lo peor es que esa insatisfacción la proyectamos en los demás y les culpabilizamos de nuestra falta de felicidad.

¡Cuántos nos identificamos con estos sentimientos! ¡Cuántos recovecos donde no ha entrado todavía la luz! Por eso, a esa parte oscura le llamamos sombra. Hay que ganarle terreno al inconsciente que ocupa un 80% de nosotros. Para estar a gusto con nosotr@s mism@s hay que integrar y reconciliar aquellos aspectos que habíamos negado y rechazado y buscar no la perfección sino el ser complet@s, que es muy diferente.

Debemos aceptar nuestra verdad para no condernarla cuando la vemos en los demás; no proyectar en l@s otr@s lo que no nos gusta de nosotr@s mism@s. CRECER HASTA SER COMPLET@S, HUMILDES Y COMPASIV@S.

Esto es lo que se encontró Jesús a lo largo de su vida y de una forma más concreta en aquellas personas que fueron trenzando sin querer, de manera  inconsciente, su pasión y muerte.

“Perdónales Señor, porque no saben lo que hacen” no exime a nadie de la responsabilidad porque el no salir de la ignorancia tiene implicaciones muy fuertes.

La cobardía, el silencio, el integrismo, el creerse garantes de la única verdad tanto por parte de los discípulos como de los líderes religiosos y políticos mató a Jesús y sigue matando la vida y la inocencia.

En el fondo, máscaras para ocultar la verdad y mostrar el verdadero rostro sin miedos ni tapujos. Esa máscara, ese ego, falso yo, es el que tiene que ir muriendo pero si no conocemos nuestro auténtico ser no podemos ni pensar en “acabar” con lo que ha sustentado toda nuestra vida.

 La vida es compleja y empezó porque se dieron una serie de factores que confluyeron en un tiempo inimaginable, milésimas de segundo, en unas circunstancias donde todo encajó perfectamente para el nacimiento del planeta y su evolución.

Para dar sentido a la existencia cada pueblo ha contado una “historia” que ha perdurado en el tiempo. Nosotros, los cristianos hemos creído hasta hace muy poco que nosotros teníamos la única historia verdadera basada en la Biblia.

La teología de la salvación afirma que Jesús vino a rescatarnos del pecado, de la muerte a través de su muerte en cruz y a través de ella hemos creído que todo el sufrimiento podía tener un sentido desde su sufrimiento y su redención. Jesús murió por nosotros y por nuestra salvación y todos nuestros pecados quedan perdonados porque él cargó con todas las culpas.

Algunas teologías actuales cuestionan esa visión que nos sitúa en un sentimiento de culpabilidad insana pero no nos proporcionan las herramientas para un cambio. Un sentimiento de culpa en sí no construye nada y paraliza a la persona.

Los místicos y los científicos nos proporcionan una visión mucho más saludable. La persona humana no es el culmen (como dice la religión) de la Creación. Antes de que apareciéramos los humanos en la tierra los ecosistemas funcionaban por sí mismos y se regulaban entre sí.

Desde nuestra aparición en la tierra, y sobre todo en los últimos doscientos años nos hemos encargado en nombre del progreso, de destruir el equilibrio de la tierra hasta agotar sus recursos. Si no nos planteamos otros estilos de vida, respetando la tierra y siguiendo sus ritmos, nosotros seguro que estamos abocados a la muerte y antes que nosotros todos aquellos que están en circunstancias mucho más precarias que las nuestras.

Es difícil y muy incómodo situarnos desde una nueva perspectiva tomando en cuenta la globalidad. Ya no somos el ombligo de todo y precisamente en este último tiempo estamos experimentando a través de un virus que se ha extendido de forma global que todo nuestro montaje se puede venir abajo con un pequeño soplo de viento.

Nos encontramos en una circunstancia histórica donde se nos da a elegir entre la vida y la muerte. No sólo la vida y la muerte físicas sino la vida o la muerte de todo nuestro ser.

Existen tantas iniciativas para cuidar el planeta, la vida, los animales y las plantas, para vivir “cuidando” en lugar de consumiendo y devastando…

“quien amenaza la vida y acelera la sexta extinción masiva, dentro de la cual estamos ya, es el mismo ser humano. La agresión es tan violenta que más de mil especies de seres vivos desaparecen cada año, dando paso a algo peor que el antropoceno, el necroceno: la era de la eproducción en masa de la muerte. Como la Tierra y la humanidad están interconectadas, la muerte se produce masivamente no solo en la naturaleza sino también en la humanidad misma. Millones de personas mueren de hambre, de sed, víctimas de la guerra o de la violencia social en todas partes del mundo.” Leonardo Boff en Coronavirus: ¿Reacción y represalia de Gaia? 2020-03-13

Esa sombra, lado oscuro que nos acompaña a cada uno de nosotros se ha ido alargando hasta tomar unas dimensiones descomunales; lo vemos reflejado en la polución de los ríos, en la sobreexplotación de la tierra por la agricultura, en los desperdicios que enviamos a países del tercer mundo porque ya no los queremos en nuestra tierra.. Los millones de personas desplazadas y refugiadas a causa de las guerras sin sentido…

Toda esta realidad que nos abruma no ocurre fuera de nosotr@s. Somos UNO  con todo y con todos. Nos conviene experimentar esa falta de vida como consecuencia de nuestra separación de la Vida. Es esa profunda desconexión la que provoca la muerte: la muerte física, la muerte de las relaciones interpersonales, la muerte del sentido de la vida…

Hoy meditamos la muerte del inocente por su pasión por la Vida. Que el silencio nos ayude a entrar en nuestra propia muerte.

 

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